jueves, 15 de septiembre de 2016

"Los imputados tienen derechos, saben que nadie los va a torturar para saber dónde está el cuerpo de mi papá"


  • por Valeria Totongi para el Diario del Juicio
PH Franco Vera



Juan Carlos Chaparro era santiagueño, le gustaba cantar y tocaba el bombo. En junio de 1975, cuando lo secuestró una patota al mando de Roberto Albornoz, tenía 24 años, estaba casado y tenía un hijo pequeño. Era empleado de YPF y estaba trabajando en un pozo petrolero en Ovando, Salta, cuando lo fue a buscar un grupo que se presentó como de la Policía Federal, y ya nunca se supo más sobre él.

El jueves 8 de septiembre declararon su esposa, María Darmanin, su hijo, Sebastián y su hermana, María Emilia ante el Tribunal Oral Federal, en el juicio que se sigue por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Operativo Independencia, el del terrorismo de Estado en la Argentina.

Darmanin de Chaparro, profesora de Historia y Ciencias Políticas, relató cómo su vida cambió de la noche a la mañana, tras el secuestro de su esposo. El miedo, la persecución, la separación de su hijo bebé, la falta de noticias y el esperar, siempre esperar que Juan Carlos volviera.

"Éramos una familia feliz hasta que nos partieron por la mitad. Desde el día en que secuestraron a mi hermano, nada volvió a ser igual", explicó Emilia Chaparro cuando le tocó declarar.
Juan Carlos Chaparro militaba en el Comedor Universitario y estudiaba Ingeniería Química, contó su esposa, María. “Tenía la idea de que los estudiantes debían vincularse y apoyar las luchas obreras de la época", recordó. Además, lo pinta como una persona llena de alegría: “tocaba el bombo y cantaba con esa hermosa tonada santiagueña que tenía".

Su suegro, Raúl Chaparro, jamás se detuvo en la búsqueda. Se reunió con el ex presidente Arturo Humberto Illia, le escribió a la entonces presidenta María Estela Martínez de Perón y, más tarde, a Jorge Rafael Videla y a Reynaldo Bignone, integrantes de la junta militar que tomó el poder en marzo de 1976. “Pudimos saber que, de Salta, fue llevado a la Jefatura de Policía de Tucumán y de ahí a la Escuelita de Famaillá- explicó María-. Así lo reconoció Juan Carlos Castelli ante el diputado provincial José Chebaia”.

"Los desaparecidos del 75 deben ser visibilizados, el terrorismo de estado empezó antes de la dictadura", insistió María Darmanin. Su hijo, Sebastián, se preguntó por qué no está imputada la ex presidenta María Estela Martínez de Perón, que fue quien firmó el decreto que habilitó la represión y dio inicio al Operativo Independencia.

La familia Chaparro recibió, el año pasado, el legajo laboral de Juan Carlos, en un acto que hizo YPF en homenaje a sus empleados desaparecidos. “Ahí pudimos ver que YPF lo dio de baja por ‘abandono de servicio’. Entendemos que pudo haber estado vivo hasta esa época”, rememoró.

Horas antes del secuestro de Chaparro en Salta, hubo un allanamiento en la casa de los Darmanin. María estaba con su bebé, su hermano, su cuñada y su padre, cuando se presentó Albornoz preguntando por Juan Carlos. Cuando se fueron, decidieron que ella viajaría en auto a Rosario de la Frontera, en Salta a avisarle.

“Para cuando pude hablar con la pensión donde vivía mi marido me dí con que ya estaba detenido", explicó María. Lo peor estaba recién empezando. “Sacala del país porque, si la encontramos, la vamos a matar”, fue el mensaje que le transmitió un policía al hermano de María. Ella no hizo caso, aunque sí tomó recaudos. Dejó a su bebé al cuidado de su cuñada y se fue a Mar del Plata, donde estuvo escondida por meses, hasta que pudo reencontrarse con él.

El terror se ilustra en cosas que parecen pequeñas: “tenía tanto miedo de que me lleven y de que mi hijito quede solo, que le puse un cartelito bajo la ropa, con todos sus datos, y lo llevaba todo el tiempo encima".

En septiembre del 76, la Policía entró a su casa de Mar del Plata, diciendo que “recibía muchas cartas de Tucumán”. María lo explica con una de las marcas más fuertes que dejó el terrorismo de Estado: la delación. “Imagino que fueron vecinos a los que les llamó la atención que yo estuviera sola. En esa época, en la tele instaban todo el tiempo a que la gente denuncie", recordó.

Así fue que decidió volver a Tucumán porque Mar del Plata tampoco era ya un lugar seguro. Volvió, con la condición de que “no se meta en nada”. Así se lo dejó en claro uel mismo policía que antes había advertido a su hermano: “le dijo que no me iba a matar, siempre y cuando yo no me acerque a nada".

El terrorismo de Estado marcó para siempre la historia del hijo de María y Juan Carlos. Sebastián Chaparro tiene actualmente 42 años. Se enteró cuando tenía 9, y ya el país había recuperado las instituciones democráticas, que su padre había desaparecido. “Le dije que había muerto en un accidente en el pozo petrolero. No quería que cargue con tanto sufrimiento -relató-. Ya en democracia, le conté la verdad”.

Sebastián no recuerda a su padre, pero sí sabe del sufrimiento de su madre. "Mi mamá esperaba que mi papá estuviese preso y lo esperaba. Imaginen el sufrimiento que significaba cada sonido de timbre o llamada de teléfono”, dijo ante el tribunal. Sabe también lo que le contaron de su padre: “era muy generoso, era un gran compañero, una persona muy comprometida y que se angustiaba por la desigualdad”. Cuando recordó la anécdota que le contaron, de que -en el último año del colegio- no quiso llevar la bandera “porque él no era San Martín”, Sebastián dijo que está orgulloso de su padre.

Garantías para los que no dieron tregua

"Crecer sin un padre y sin poder resolver la no sepultura se hizo muy difícil”, dijo. Comparó esa situación con la de los imputados que hoy enfrentan acusaciones por delitos gravísimos como secuestro, desaparición de personas, torturas, violaciones y homicidio. “Ellos saben que cuando vuelvan a donde están nadie los va a torturar para saber dónde está el cuerpo de mi papá", les enrostró.

Habló de las garantías que gozan quienes no dieron tregua a sus víctimas: “mientras están acá, sus familiares los pueden venir a ver y los pueden visitar en la cárcel; tienen derechos, como corresponde. Vienen y se van del juicio sabiendo que nadie los va a golpear, ni torturar, ni lastimar, ni nada".

Los imputados, dijo, no sólo gozan de la seguridad de que no van a sufrir ataques personales. También, que ni sus familias ni sus bienes están en peligro. “Saben que nadie les va a robar a sus hijos o a sus nietos. Saben que nadie les va a robar sus bienes mientras estén en este juicio. Mi padre, como ninguna de las víctimas de este juicio pudo gozar de ninguno de estos derechos".

Sebastián cerró su testimonio de la misma manera que casi todos los testigos: "Solo les pido que hagan Justicia".

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