sábado, 10 de septiembre de 2016

Crónica del viernes 2 de septiembre: Números, vendas y paquetes

  • por Fabiana Graciela Cruz, Hugo Hernán Diaz y Sofía Romera Zanoli para el Diario del Juicio
"estas son las vendas con las que lo tenían a mi hermano, 40 años las he guardado", Juana Dolores Paz
ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán
PH Diario del Juicio Tucumán



Roque Antonio Pérez y Ricardo Gustavo Pérez, fueron los primeros testigos en declarar ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán que lleva adelante el Megajuicio Operativo Independencia, que juzga a 19 ex miembro de la fuerzas armadas  por la comisión de delitos de lesa humanidad  cometidos en perjuicio de 271 víctimas, desde febrero de 1975 hasta el 24 de marzo de 1976.

Roque y Ricardo, son dos hermanos oriundos de Río Colorado. Durante el 10 de Julio de 1975 fueron detenidos por las fuerzas armadas en esa misma localidad sin orden de allanamiento. Ambos contaron al tribunal  que fueron trasladados  a la comisaría del pueblo, allí les vendaron los ojos y les ataron las manos. Luego se los llevaron a la Escuelita de Famaillá, en donde recibieron torturas físicas y psicológicas. “Dormíamos en el  piso con una manta y nos daban de comer una vez al día. Nos ponían en filas y nos hacían creer que íbamos a ser fusilados”, recordó Roque Antonio.

A los dos hermanos se les interrogaba por Julio Brito, un vecino del lugar quien se encontraba desaparecido (y aun continua en esta situación). A Roque tras cuatro días de cautiverio  lo liberaron con los ojos vendados dejándolo en la ruta, cerca de la entrada de Famaillá; mientras que a Ricardo lo dejaron en una estación de servicio luego de ocho días.
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José Esteban Miranda, tercer testigo en prestar declaración, tenía 18 años, militante del Peronismo de Base y estudiaba en la Escuela Comercio; cuando fue secuestrado en junio de 1975.  Era de madrugada. José estaba durmiendo en la casa donde vivía junto a  su madre y seis hermanos en La Banda del Río Salí.  Los militares irrumpieron en la vivienda, “estaban armado con ametralladoras, buscaban folletos de propaganda política y armas. Nos golpearon mucho, a mi hermano Héctor Miguel y a mí”, sostuvo José.

“Véalo bien, porque usted nunca más lo va a volver a ver” le dijeron a la madre de los hermanos mientras golpeaban fuertemente a José provocándole la zafadura de su hombro derecho.

El testigo señaló  que antes de esa fecha, ya había sido detenido en dos oportunidades, y quien le  había tomado declaración fue  Roberto Heriberto “El tuerto” Albornoz (imputado en la causa), quien además era su vecino. “Me  preguntaba acerca de las actividades de  mi familia en especial de mis hermanos: José y Trini”. Mientras José relataba lo sucedido, Albornoz se levantó de su silla y comenzó a agredirlo verbalmente, señalarlo con su dedo índice de forma violenta, e incluso lo amenazó. Un nuevo episodio del multicondenado imputado al que se le otorgó domiciliaria por su “frágil salud”.

José siguió con su relato, contó que aquella noche se llevaron primero a su hermano Miguel y que de tantos golpes “las paredes de la casa quedaron ensangrentadas”. Luego se lo llevaron a él y lo tiraron en una camioneta, donde pudo notar que había otras personas, que se estaban quejando.

Fue trasladado a un Centro  Clandestino de Detención: La Escuelita de Famaillá. Tiempo después supo que su hermano se encontraba en el mismo lugar. “Éramos llevados para que nos interroguen de manera conjunta, y si nos contradecíamos, nos golpeaban”.

José estima que su cautiverio duró alrededor de 45 días. Luego de su liberación, todos sus proyectos de vida se habían terminado, no pudo seguir militando ni estudiando: “No había abogado que quiera escucharnos”. Mientras que  Héctor Miguel Miranda, estuvo más de un mes en la Escuelita de Famaillá, y luego lo trasladaron a la Jefatura de la Policía. “Me obligaron a firmar un documento para que me haga  cargo de delitos que no había cometido y me golpearon muchísimo. Me dio un derrame cerebral, me dolía demasiado la cabeza y no podía explicar qué era lo que me había pasado”.  Posteriormente lo llevaron a la Brigada de Investigaciones y finalmente a la cárcel de Villa Urquiza, lugar en el que permaneció años. Recuperó la libertad en el año 1981. Nunca más pudo volver a militar, “me  amenazaron con destruir mi familia si continuaba con las actividades barriales”.

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Antonio Bernabé Paz  fue detenido en Mayo del año 1975. En aquella época trabajaba en el Hospital Centro de Salud y también era delegado del sindicato de empleados públicos. Vivía con su entonces esposa  y sus dos hijos. Alrededor de las 3 de la mañana entraron, cuatro o cinco personas rompiendo la puerta,  que nunca se identificaron. “Nos vienen a matar” le dijo Antonio a su esposa. Allí los golpearon a ambos.  La mujer quiso acercarle una campera a Antonio a lo que los encapuchados le respondieron “A donde él va, no necesita ropa”.

Antonio  fue subido a un vehículo, escuchó a sus captores decir que “ya tenían el paquete” y no supo a dónde se dirigían, aunque tiempo después pudo saber que se encontraba en la Escuelita de Famaillá.  Allí le asignaron el número 2. Estuvo alrededor de cinco meses secuestrado, recibiendo todo tipo de torturas de la mano de sus captores. “me golpeaban, me picaneaban el cuerpo, me tiraban agua en la cara y me hacían violentos interrogatorios para saber si era o no comunista”. Durante todo ese tiempo no pudo quitarse la venda de los ojos ni higienizarse. Finalmente fue liberado a la vera de  la ruta. “volví a mi casa, hecho pelota”. Antonio no volvió nunca más al sindicato y perdió a casi todos sus amigos por ser un preso político.

Juana Dolores Paz,  su hermana, relató al tribunal que cuando Antonio regresó estaba casi ciego por haber estado tantos meses con los ojos vendados, “llegó en muy mal estado”. Juana hasta el día de hoy conserva las vendas que los secuestradores pusieron a su hermano el día que se lo llevaron. Prueba irrefutable, que esta señora de avanzada edad, saco de su bolsito.  Muy amarillentas pero conservadas, fueron acercadas a cada uno de los abogados en donde pudieron observar que contenían dos almohadillas para asegurar la incapacidad de la vista en cada uno de los ojos. En el momento en que fueron expuestas a los imputados, estos no se inmutaron ni hicieron esfuerzos por visualizarlas.

En una oportunidad, señaló Juana, Una vecina me llamó y me dijo que Roberto Heriberto “El Tuerto” Albornoz junto a otros policías, se estaba llevando las cosas de la casa de Antonio. Cuando volvió se encontraron con la casa vacía.

“Nadie sabe lo que hemos pasado” comentaba Juana Paz mientras lloraba. Dijo que su familia quedó muy mal y que no le hacían preguntas a su hermano porque era muy doloroso.

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La ultima testigo que prestó declaración, es de identidad protegida por ser víctima de delito sexual.  Vivía con su marido e hijos, en mayo de 1975 un grupo de personas irrumpieron en su casa. “’Somos la policía’, se escuchó. No nos dieron tiempo a levantarnos, derrumbaron la puerta y rompieron las ventanas. Eran 20 policía los que entraron, lo tiraron a mi marido  al piso, le vendaron los ojos, le ataron las manos y los tobillos con cadenas, y se lo llevaron”

La testigo precisó que 5 policías se quedaron en su casa “comenzaron a tirar la ropa de los placares y a romper todo, me golpearon y gatillaron en la cabeza. Me decían ‘guerrillera hija de mil puta’ y uno de ellos me rompió el camisón y me violó’. Me desmayé, cuando desperté, estaba toda ensangrentada y golpeada. Desde ese momento tengo ataques de pánico”

Al día siguiente  y durante algunos meses la mujer recorrió distintas comisarías para ver si encontraba a su marido “me hacía ver cuerpos para ver si lo reconocía, pero era muy difícil porque había muchos quemados, sin ojos y sin lengua. Me volvía loca”.

En una oportunidad pudo hablar  con Antonio Domingo Bussi (militar a cargo del Operativo Independencia a fines de 1975) para que le  permitan ver a su esposo: “Bussi me acompañó a la Escuelita de Famaillá. Allí vi mucha gente con los ojos vendados y las manos atadas, estaban sentados al sol en un patio. Estaban todos golpeados, sucios, las mujeres ensangrentadas. Lo pude ver a él, mi esposo, entre esas personas, pero no dije nada por miedo”.

Tiempo después el hombre fue liberado. “Cuando volvió estaba todo lastimado, tenía los ojos podridos por haber estado tanto tiempo vendado y caminaba mal a causa de las torturas” que le propiciaron sus captores. “No pudo volver a trabajar. Se jubiló por discapacidad”, se lamentó.

Durante un año la testigo y su familia buscaron distintos lugares para dormir por las noches “a la madrugada sentíamos los ruidos de un vehículo que se estacionaba frente a la casa. Nos volvíamos locos del miedo  y salíamos a buscar a algún conocido que nos dejase dormir en su casa”, sostuvo.

La testigo quedó con heridas permanentes, tanto físicas como psicológicas. Declaró que hasta el día de hoy tiene ataques de pánico, que sufre desmayos en la calle y que tuvo que acudir a 8 psiquiatras: “Me destruyeron la vida”, “me acuerdo de esto todos los días”.

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