jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica viernes 9 de Septiembre: "Hoy ésto se sabe porque algunos sobrevivimos y podemos contarlo"

  • por Sofía Romera Zanoli para el Diario del Juicio
Los imputados (de der. a izq.) Orce, Albornoz, Svendsen, Cuestas, Vila, Jodar y Moreno escuchando a los sobrevivientes
PH Elena Nicolay


Justo Herrera tenía 20 años, trabajaba en Obras Sanitaria de la Nación, estaba cursando 3º año de Derecho en la Universidad Nacional de Tucumán y era militante de la Juventud Peronista cuando fue secuestrado el 1 de agosto de 1975, de la casa donde vivía con su abuela, su madre, sus hermanos, su pequeño hijo de 9 meses de edad y su esposa María Elena Saavedra, que en esos momentos estaba embarazada.

“Recuerdo el día que se lo llevaron. Eran las 2 am. Un grupo de 11 personas que se identificaron como parte del Ejército Argentino, entraron por el techo y por un pasillo de la casa, rompieron la puerta. Tenían armas. Algunos estaban encapuchados y otros con la cara descubierta. Cortaron las luces de las calles” relató María Elena Saavedra, primera testigo que prestó declaración el viernes, ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán, que lleva adelante el megajuicio Operativo Independencia.

“Le pidieron a Justo que se vista, le vendaron los ojos, lo esposaron y se lo llevaron. Ese día me quedé sin un esposo y sin un compañero”. El último pedido que Justo le hizo a su esposa fue que cuide a los chicos, porque ese día, ese momento, fue la última vez que ella lo vio.

Tiempo después, Ramón Ceballos, un joven médico del Hospital Militar, le contó a la familia que el cuerpo fusilado del Justo “fue sacado de la Escuelita de Famaillá y llevado al Comando de la Vº Brigada de Infantería para que le pusieran ropa de extremista”, recordó María Elena.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Margarita Cruz, la obstinación de la memoria y la batalla por la identidad


  • por Valeria Totongi para el Diario del Juicio
Margarita Cruz, testigo sobreviviente del campo de concentración "Escuelita de Famaillá"
PH Elena Nicolay



”Yo soy Margarita Fátima Cruz. Mi número de documento es 11.476.359. Yo soy Margarita Fátima Cruz. Mi número de documento es 11.476.359”, cientos, miles de veces, en voz alta, en la oscuridad. Aferrarse a unas pocas palabras, a la hilacha de una idea, es a veces lo que permite mantener la cabeza sobre los hombros, aún en el peor de los infiernos. La obstinación por defender su propia identidad, por no convertirse en el número que le habían asignado en el centro clandestino de detención fue la tabla con que se mantuvo a flote en el encierro, ante el miedo por su vida y la de su hijo, el horror del abuso, el dolor por la tortura.

“En ese lugar tremendo no quise olvidar mi nombre, que es mi identidad, ni mi número de documento, que representa mi ciudadanía”, le dice al Tribunal Oral Federal cuando recuerda sus días como detenida desaparecida en la Escuelita de Famaillá. El suyo es un testimonio fundamental para comprender cómo actuaron las fuerzas represivas sobre las mujeres militantes, y las secuelas que dejaron en las víctimas del terrorismo de Estado. Esos crímenes, cometidos durante el Operativo Independencia, entre 1975 y 1976, se juzgan desde el 5 de mayo, en Tucumán.

A lo largo de más de tres horas de testimonio Marga pinta con voz dulce, pero firme, la sucesión de hechos que marcaron su vida para siempre, las sensaciones que fueron quedando y cómo hizo para poder llegar, 41 años después, a sentarse en la misma sala que los genocidas y a contar su historia. “No vengo a victimizarme. No busco venganza. Vengo a decir que nosotros no somos iguales que ellos, nosotros no hubiéramos jamás hecho lo que ellos hicieron. Nosotros teníamos otra mirada del mundo”, sostiene con el orgullo de quien libra una batalla. “Y no quiero morirme sin contar la verdad”, reafirma.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Crónica Jueves 8 de septiembre: el plan sistemático de exterminio


  • por Ana Melnik para el Diario del Juicio
CCD "Escuelita de Famaillá", actualmente Espacio de Memoria
PH Luciana Cerimele



A medida que se suceden las audiencias en el juicio por el Operativo Independencia, se revelan más detalles de los espantosos crímenes que se cometieron en esa sucursal del infierno que fue la Escuelita de Famaillá entre 1975 y 1976. La enumeración de los delitos sexuales, contra víctimas completamente indefensas y aterrorizadas, muestra que este tipo de tormentos no fueron una más de las torturas a las que eran sometidas, sino que constituyeron una práctica sistemática destinada a quebrar la voluntad de las secuestradas.

El jueves 15 de septiembre, una de esas víctimas declaró ante el Tribunal Oral Federal como testigo de identidad reservada. Contó que, en mayo de 1975 fue detenida en su casa, y la “razón” que le dieron los secuestradores fue que querían saber sobre su tío, un conocido dirigente azucarero. Por entonces, ella tenía 17 años.

El Operativo Independencia no se limitó a perseguir, secuestrar y desaparecer militantes y dirigentes políticos, sino también a sus familiares que, en muchos casos, desconocían las actividades que formaban parte de la militancia de la persona allegada por la que eran sometidos a la tortura.

El impacto, a nivel colectivo, de este tipo de secuestros tenía tal eficacia, sobre todo en el interior de la provincia, que las fuerzas armadas los perpetraron sistemáticamente durante el Operativo.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Payasada

  • por Diario del Juicio

¿Qué clase de persona llega a burlarse de alguien que acaba de contar que ha sido violada?


¿Qué clase de ser humano concilia profundas convicciones católicas -al menos eso parece, a juzgar por la imponente imagen de una Virgen que acaricia con pasión digna de mejor causa- con las risas ante el relato de terribles tormentos?

¿Qué pensarán esas mujeres -las mismas que dicen defender 'la familia' y ser 'pro vida'- mientras se ponen una nariz de payaso al mismo tiempo que escuchan cómo el hijo de una ex detenida desaparecida enumera los padecimientos que tuvo que pasar para poder volver a tener una vida normal, sin terror a ser secuestrado?

Narices de payaso salieron a la luz esta tarde en la sala del Tribunal Oral Federal. Un grupo de mujeres, sentadas en el sector que corresponde a familiares y allegados a los imputados, se colocaron las narices, primero como collar, después como orejera (del lado derecho, para que las vean desde las butacas de los familiares de las víctimas) y finalmente, ante la mirada impasible del tribunal, como vincha, para que quede bien claro que no estaban tratando de esconderlo, mientras hacían gestos y se reían.

Luego de un rato de intentar convertir el tribunal en un circo, y de no lograrlo, se fueron sin que nadie les llame la atención. Antes de salir, se pusieron las narices y se fueron lo más campantes. Desde la vereda, se reían a carcajadas y hacían gestos a través del vidrio.

Adentro, en la sala, el hijo de una ex detenida desaparecida, miraba a los ojos a los imputados y les decía: "ustedes se van a morir presos; ya no tienen nada que perder; digan dónde están los niños que se robaron".

jueves, 15 de septiembre de 2016

"Los imputados tienen derechos, saben que nadie los va a torturar para saber dónde está el cuerpo de mi papá"


  • por Valeria Totongi para el Diario del Juicio
PH Franco Vera



Juan Carlos Chaparro era santiagueño, le gustaba cantar y tocaba el bombo. En junio de 1975, cuando lo secuestró una patota al mando de Roberto Albornoz, tenía 24 años, estaba casado y tenía un hijo pequeño. Era empleado de YPF y estaba trabajando en un pozo petrolero en Ovando, Salta, cuando lo fue a buscar un grupo que se presentó como de la Policía Federal, y ya nunca se supo más sobre él.

El jueves 8 de septiembre declararon su esposa, María Darmanin, su hijo, Sebastián y su hermana, María Emilia ante el Tribunal Oral Federal, en el juicio que se sigue por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Operativo Independencia, el del terrorismo de Estado en la Argentina.

Darmanin de Chaparro, profesora de Historia y Ciencias Políticas, relató cómo su vida cambió de la noche a la mañana, tras el secuestro de su esposo. El miedo, la persecución, la separación de su hijo bebé, la falta de noticias y el esperar, siempre esperar que Juan Carlos volviera.

"Éramos una familia feliz hasta que nos partieron por la mitad. Desde el día en que secuestraron a mi hermano, nada volvió a ser igual", explicó Emilia Chaparro cuando le tocó declarar.

martes, 13 de septiembre de 2016

Tragedia colectiva


  • por Tina Gardella para el Diario del Juicio

PH H.I.J.O.S. Tucumán


En su completa, minuciosa y sentida declaración, Raquel Zurita dio cuenta de cómo y por qué las marcas del terrorismo de estado se difuminaron por toda la sociedad.

Desplegado en su regazo  el pañuelo de Madres de Plaza de Mayo que era de su madre, atestiguó el viernes 9 en relación al secuestro y desaparición de sus hermanos Juan y María Rosa. Pero no fueron estos hechos traumáticos lo que centraron su exposición. Sino el derrotero por el que transitaron, con su madre a la cabeza, para saber de la suerte de sus hermanos.

En ese derrotero fueron palpando no sólo la crueldad de las respuestas que recibían (“a Juan lo fusilaron en la Escuelita de Famaillá y le cortaron una mano” o el típico “no los busquen más que están muertos”), sino también las consecuencias que tenía toda búsqueda sobre la suerte de los seres queridos.

Por un lado, las consecuencias tremendas de poder sufrir el escarmiento por atreverse a preguntar, a indagar, a no cansarse de ir a la Jefatura, a pedir datos a un supuesto informante de la Side, al cementerio…

Por otro, las consecuencias de asistir a la configuración de una sociedad que veía, escuchaba y también temblaba y se aterrorizaba por la convivencia con el espanto cotidiano.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Crónica del viernes 2 de septiembre: Números, vendas y paquetes

  • por Fabiana Graciela Cruz, Hugo Hernán Diaz y Sofía Romera Zanoli para el Diario del Juicio
"estas son las vendas con las que lo tenían a mi hermano, 40 años las he guardado", Juana Dolores Paz
ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán
PH Diario del Juicio Tucumán



Roque Antonio Pérez y Ricardo Gustavo Pérez, fueron los primeros testigos en declarar ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán que lleva adelante el Megajuicio Operativo Independencia, que juzga a 19 ex miembro de la fuerzas armadas  por la comisión de delitos de lesa humanidad  cometidos en perjuicio de 271 víctimas, desde febrero de 1975 hasta el 24 de marzo de 1976.

Roque y Ricardo, son dos hermanos oriundos de Río Colorado. Durante el 10 de Julio de 1975 fueron detenidos por las fuerzas armadas en esa misma localidad sin orden de allanamiento. Ambos contaron al tribunal  que fueron trasladados  a la comisaría del pueblo, allí les vendaron los ojos y les ataron las manos. Luego se los llevaron a la Escuelita de Famaillá, en donde recibieron torturas físicas y psicológicas. “Dormíamos en el  piso con una manta y nos daban de comer una vez al día. Nos ponían en filas y nos hacían creer que íbamos a ser fusilados”, recordó Roque Antonio.

A los dos hermanos se les interrogaba por Julio Brito, un vecino del lugar quien se encontraba desaparecido (y aun continua en esta situación). A Roque tras cuatro días de cautiverio  lo liberaron con los ojos vendados dejándolo en la ruta, cerca de la entrada de Famaillá; mientras que a Ricardo lo dejaron en una estación de servicio luego de ocho días.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Crónica del 1 de septiembre: La familia Abad, Juan Nicolás Coronel, Segundo Porven y Oscar Guidi

  • por Exequiel Arias para el Diario del Juicio
PH Archivo Operativo Independencia - Gentileza Archivo Nacional de la Memoria



Los pequeños hermanos Abad quedaron solos por meses cuando secuestraron a sus padres

Silvia Eusebia Abad tenía 6 años cuando se llevaron a sus padres y a uno de sus hermanos, en marzo de 1975. Ricardo Abad vivía con su familia -su esposa, Asunción Dolores Albarracín y sus hijos- en Santa Lucía, departamento Monteros. Abad tendría 54 años aproximadamente y no tenía ningún tipo de militancia política, le relata su hija al tribunal integrado por Gabriel Casas, Juan Carlos Jiménez Montilla y Carlos Reynaga.

Silvia y su familia vivían a pocas cuadras de la base militar que se había instalado en el ex ingenio Santa Lucía, a donde creían que había sido llevado Abad, a Asunción y a su hermano Raimundo, quien habría tenido 15 años en ese momento. Raimundo estuvo detenido una semana, aproximadamente, pero los padres se ausentaron por mucho tiempo.

Durante ese tiempo, los pequeños Abad estuvieron solos. Eventualmente, un militar de apellido Ausile se acercaba al domicilio para darles de comer o para asegurarse de que los vecinos les llevaran comida.

Nadie se quería acercar a ellos por miedo a represalias por parte de las fuerzas armadas. El menor tendría 6 meses.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Un viejo comunista que tuvo que reconocer el cadáver destrozado de su camarada

  • por Ana Melnik para el Diario del Juicio
Diego Patricio "el Ruso" Fernández dando testimonio por el asesinato de su padre Diego Zoilo Fernández
PH Paloma Cortéz Ayusa


Hector Hugo Assaf, hacia 1975, era obrero ferroviario. Por entonces tenía una intensa actividad política y sindical. Militaba en el Partido Comunista y vivía junto a su familia en Tafí Viejo. Era, además, el presidente del Club Atlético Villa Mitre (que organizaba –y organiza- el Festival Nacional del Limón). Prestó declaración como testigo por la desaparición y muerte de Diego Zoilo Fernández. La fiscalía comienza preguntándole si sabía si Fernández había sido víctima de persecución, de hostigamiento, previamente a su secuestro. “Persecución sufríamos todos los que teníamos ideas progresistas”, por entonces, recuerda, ya podía percibirse la instauración de un sistema de persecución masiva.
Las particulares circunstancias del asesinato de Fernández, en mayo del 75, lo condujeron a la terrible situación de tener que reconocer el cadáver de su amigo en la morgue de un cementerio de Río Colorado. Relata al tribunal que ante el secuestro de Fernández, producido el 10 de mayo a medianoche, su esposa, Olga, recurrió a él. Junto a ella empezaron a buscarlo esa misma noche.
Fueron a todas las comisarías de la zona, consultaron con la policía, con miembros de la iglesia para que intercedieran, sin obtener ninguna respuesta.
Pasaron unos días, hasta que el domingo siguiente salió un artículo en “La Gaceta,” que se refería al hallazgo por parte de la policía de tres cadáveres cerca de Famaillá. Se trataba de muertos en un “enfrentamiento”. Assaf y Olga, ante la sospecha de que entre los muertos podía estar Diego, fueron a la comisaría de Famaillá, frente a la plaza principal del pueblo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Jueves 1 de septiembre: Noche de neblina

  • por Javier Sadir de La Palta para el Diario del Juicio

Ese domingo se durmieron profundo. Para Plácida y Argentino era agotador trabajar en la cosecha. La empresa citrícola San Miguel les pagaba de acuerdo a la cantidad de limones que recolectaban y no podían llegar con pocos al final de la quincena teniendo cuatro hijos. Ese domingo se durmieron con la intención de arrancar el lunes con el trabajo duro. Pero el sonido de la puerta y la voz de la policía los despertó. Atolondrados. Entre el sueño, la pesadilla y la realidad. Así se levantaron de la cama los esposos que vivían en la calle San Juan, prolongación La Picada, de la localidad de Tafí Viejo.

- ¡Abran, es la policía!

La familia Roldán vivía en una casa esquina sobre un terreno grande. Allí cayó la policía aquella noche. La última noche que Plácida vio a su marido con vida, cuando lo despertó del sueño para avisarle.

- ¡Buscamos a Américo! ¡Que salga Américo!
- Aquí no vive ningún Américo- contestó Plácida.

Forzaron la puerta y entraron. Era una casa pequeña donde vivían los seis. La única casa en un amplio terreno rodeado de fincas.

- ¡Apágue la luz!- les ordenaron -Venga, Roldán. Le queremos hacer una pregunta a usted.

Argentino Roldán obedeció. Plácida quiso seguirlo, pero se lo impidieron. Solo alcanzó a ver que la gente que lo buscaba tenía uniforme militar.

- Usted, señora, quédese aquí y apague la luz- le dijeron –le hacemos unas preguntas a su marido y ya vuelve.
- Pero…
- Quédese tranquila, señora, que ya vuelve...

martes, 6 de septiembre de 2016

Ledesma Padilla

lunes, 5 de septiembre de 2016

El homicidio de Rafael Fagalde, un defensor de presos políticos

  • por Valeria Totongi para el Diario del Juicio

La hija del abogado penalista, asesinado con 45 balazos y arrojado al basural de Los Vázquez, exigió a los jueces que esclarezcan el caso.

El recorte de una noticia publicada en un diario, hallado en el fondo de un cajón que no debería haber estado revisando, le cambió la vida a Florencia Fagalde. Tenía 9 años y poco tiempo antes, le habían contado que su papá, Rafael Dionisio Fagalde, había muerto en un accidente. El recorte consignaba que, lejos de haber sufrido un accidente, a Fagalde lo acribillaron a balazos y que su cuerpo había sido encontrado en el basural de Los Vázquez, con 45 disparos en el cuerpo, junto a otras dos personas. “Mi vida no volvió a ser la misma”, contó Florencia ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán, donde se sustancia el juicio por crímenes cometidos en Tucumán, durante el Operativo Independencia.
Corría 1975 y -el 30 de junio- Fagalde, abogado que defendía presos políticos, habló por teléfono a su casa para avisar que saldría de su estudio, en la zona de Tribunales, y pasaría por  “Pepe” (frente a Plaza Yrigoyen) y de ahí iría a casa. Nunca llegó al departamento de Chacabuco primera cuadra, donde lo esperaban su esposa, Sara Dardic y sus dos hijos.
“A la mañana siguiente, llegaron dos personas a casa y mi mamá nos sentó a mi hermano y a mí, para contarnos que nuestro padre había tenido un accidente. Pero él había sido asesinado con 45 disparos”, relató. Según pudo saber después, Fagalde salió de su estudio y compró los sándwiches, lo vieron caminando por Chacabuco hacia el departamento, pero nunca llegó. Al día siguiente, alguien llamó por teléfono a su tía para avisarle del hallazgo de tres cuerpos en Los Vázquez.
Ya antes habían recibido amenazas telefónicas en la casa familiar, y habían aparecido afiches distribuidos en toda la provincia, en los que estaban impresas las caras de personas a las que se acusaba de ser militantes del ERP, entre ellos estaba Rafael Fagalde. “Mi padre era abogado penalista, muy respetado, defendía presos políticos- insistió Florencia-. Mi madre reconoció el cuerpo y se lo veló a cajón cerrado, de tan mal que estaba”. El acta de defunción estaba firmada por el médico de la policía forense, Federico Ruiz Huidobro.

La denuncia de este asesinato político quedó consignada en el informe de la Comisión Bicameral de Tucumán, en la Conadep y el caso figura en el libro “Nunca      Más”.

“En nombre de mi papá, de mi madre y de mis hijas, les pido, les exijo, que se haga justicia”, fueron sus últimas palabras ante los jueces.

Quebrado, con cicatrices en todo el cuerpo y mordeduras de perro

  • por Sofía Romera Zanoli para el Diario del Juicio


Emilia del Valle González tenía 9 años, en marzo de 1975, cuando su padre Pedro Ángel González fue secuestrado por las fuerzas de seguridad de la casa familiar en San José de Flores, a 9 kilómetros de Acheral.
“Era de noche, personas vestidas de verde tiraron la puerta abajo, nos apuntaron a mi madre, a mis hermanos y a mí con un arma. A mi padre lo golpearon le vendaron los ojos, le ataron las manos y se lo llevaron” detalló Emilia, tercera testigo en prestar declaración ante los jueces Gabriel Casas, Carlos Jiménez Montilla y Juan Carlos Reynaga.
Pedro Ángel Gonzalez fue llevado a una base militar de Río Colorado y luego trasladado al centro clandestino de detención “La Escuelita”, en Famaillá donde permaneció siete meses en condiciones infrahumanas, hasta que lo liberaron el 13 de noviembre de 1975 a la vera de la ruta 38.
“No lo volvimos a ver hasta que lo soltaron. Mi madre y sus hermanos lo buscaron por todas partes pero le decían que no sabían nada. Cuando volvió estaba destrozado, tenía cicatrices por todas partes del cuerpo a causa de las torturas”, recordó la testigo.
A continuación declaró Emilio Molina, cuñado de la víctima, quien sostuvo que Pedro Ángel volvió desfigurado, producto de los golpes, a tal punto que le resultó difícil reconocerlo.”No podía mover un brazo y tenía uno de los pómulos quebrados. Él nos contó que lo hicieron morder por perros para que diga dónde estaban los extremistas”, contó.
Pedro Ángel, como muchos de los secuestrados y torturados por las fuerzas que accionaban en el Operativo Independencia no pudo recibir atención médica luego de su liberación ya que sus captores amenazaron con matar a su familia si lo hacía, señaló Lidia Rosa Molina, otras de sus familiares que declaró en el juicio que se lleva adelante por los crímenes cometidos durante el Operativo Independencia, en Tucumán, entre 1975 y 1976.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El desmantelamiento de la lucha obrera: las víctimas del Ingenio San Juan

  • por Ana Melnik para el Diario del Juicio
Ingenio San Juan
PH tomada del Portal Caña



Armando Neris Basualdo comenzó a trabajar en el Ingenio San Juan en 1957. Hacia 1975 era dirigente gremial del ingenio e integraba la comisión directiva de la FOTIA.
El 11 de marzo de 1975, a las 3 de la mañana, irrumpieron en su vivienda un grupo de policías de la federal. Ante el exabrupto de los uniformados, no pudo quedarse callado, relata al tribunal que empezó a preguntarles cuál era la razón por la que irrumpían así en su casa, sin respetar su hogar, su familia, su intimidad. Sin responderle, le ordenaron vestirse y lo encapucharon. Antes de que fuese conducido fuera de su casa, pudo pedirle a su esposa que buscase al Dr. Carlos Javier Aguirre, su abogado, y le contase lo que estaba pasando.

Para las fuerzas de seguridad, él definitivamente era un líder. Cuenta que muchas veces se sintió culpable, los trabajadores lo querían y lo seguían mucho, y muchos de ellos, que incluso no tenían una participación política tan comprometida, tuvieron que pagar las consecuencias por el simple hecho de apoyar las causas que defendía el sindicato, por asistir a las asambleas. Durante el tiempo que desempeñó su actividad gremial, los trabajadores, afirma, “defendíamos un derecho, que la fábrica siga moliendo”. El cierre del ingenio, tras la terrible crisis del sector azucarero de fines de los 60, era una gran posibilidad. Su lucha consistía, fundamentalmente, en intentar preservar su fuente de trabajo, “ese fue el único “error” que cometimos, si es que esa fue la razón por la que nos secuestraron”. Él mismo se entrevistó con Onganía, durante una visita de éste a Tucumán en pleno cierre masivo de los ingenios, reclamando ayuda para evitar el del San Juan. Finalmente, en el 72, los representantes del sindicato se reunieron con Lanusse en Salta, donde les informó el inminente traspaso del ingenio a manos de la administración estatal, mediante la creación de la CONASA (Compañía Nacional Azucarera S.A.). El ingenio sería administrado de ahí en más por un directorio. Posteriormente el San Juan vivió una situación más difícil, era el centro de operativos de las fuerzas armadas, desde donde intervenían los demás ingenios.

sábado, 3 de septiembre de 2016

"Los únicos terroristas son los que usaron las armas de la Patria en contra del pueblo"

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
Andina Lizárraga frente al Tribunal Oral de Tucumán
PH Fernanda Rotondo


El testimonio de Andina Lizárraga, un viejo militante peronista, que participó del Tucumanazo.


“Si gritar por justicia es violencia… es como si lo acusara a San Martín de ser terrorista por rebelarse contra el Virrey. Nosotros defendíamos nuestros derechos constitucionales. Los únicos terroristas son los que usaron las armas que les dio la patria en contra del pueblo. Ellos son los verdaderos subversivos”. El testigo Héctor Hugo Andina Lizárraga, el tercero en declarar frente al Tribunal Oral Federal de Tucumán el 18 de agosto, contestó con firmeza cuando el defensor particular Mario Leiva Haro, le preguntó si había participado del Tucumanazo y de la “construcción de barricadas”, hechos de los cuales Andina Lizárraga, por otro lado, se enorgullece. “Claro que hacíamos barricadas, si hasta nombre les poníamos”, respondió, con sorna.

A la pregunta de si fue parte de la “Coordinadora Obrero Estudiantil”, el testigo respondió: “se llamaba Comisión, no Coordinadora, y sí, yo estaba por FOTIA. La parte estudiantil se integró a través de la movilización y la acción política.”

El testigo fue convocado al Tribunal Oral Federal para que declarara sobre los hechos que lo perjudicaron en el año 1975. Según su relato, las fuerzas represivas entraron a su casa varias veces. La primera vez, fue la Policía Federal la que realizó un operativo durante el cual revisaron todo y se fueron.