martes, 6 de diciembre de 2016

Noche de luna llena

  • por Andrea Romero para el Diario del Juicio
Homenaje a desaparecidos en los Talleres de Tafí Viejo
PH Carolina Frangoulis


El día jueves 24 de noviembre de 2016 en horas de la tarde declararon por la causa de Segundo Bonifacio Arias sus hijos Teresa, Silvio y Pedro; y su esposa Élida Lorenza Fernández de Arias.

Segundo Bonifacio trabajaba en los ferrocarriles taficeños, de oficio carpintero tenía como hobby poner música en fiestas. El taficeño también conocido como Flecha, Boni o Cabezón, militaba en la Juventud Peronista en aquellos años y fue candidato a concejal suplente por la Lista Verde, en una de las elecciones. Boni fue secuestrado el 14 de febrero de 1976 de su casa en Tafí Viejo en donde se encontraba durmiendo junto a su familia conformada por su esposa y sus cinco hijos, quienes tenían 15, 14, 12, 8 y 1 año en aquel momento.

Entra a la sala con la frente en alto mirando a los procesados, lleva en sus manos un sobre de madera, una imagen religiosa, la última muñequita que le regaló su papá, y la foto de él colgada en el pecho. Ella es Élida Teresa Arias, una de las hijas de Boni quien fue la primera en brindar testimonio sobre el secuestro de su papá. Una vez sentada frente al tribunal realiza los juramentos que forman parte del protocolo judicial y comienza su relato. Teresa tiene grabada en su memoria el recuerdo de que fue una noche de luna llena en la que habían disfrutado un asado en familia unas horas antes del secuestro de su papá. Esa noche se acostó temprano y en medio de la noche su hermano la despertó para decirle que acababan de llevar a su padre.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Los desaparecidos que se buscan con el color de sus nacimientos

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S Tucumán


“Esta es la verdad, no tengo porqué mentir. Es bastante el sufrimiento que pasé y que paso… porque estoy sola en el mundo” Blanca Estela García.

Blanca tiene 76 años y es una testigo sobreviviente de las atrocidades cometidas por la represión en el marco del Operativo Independencia ordenado por María Estela Martínez de Perón. A la fecha del 25 de noviembre de 2016, relató ante el TOF (Tribunal Oral Federal) los hechos que la perjudicaron junto a su hermano Juan José García “Tito”, la esposa de éste Nilda Zelarayán y Francisco Oscar Herrera que por aquel entonces era su pareja.

Corría el verano en el año 1976, el 17 de febrero de aquél año se encontraban en la casa de la calle Libertad al 200: Blanca, Juan José, la madre ambos, Nilda, una pequeña de 11 años y Francisco. En horarios de la madrugada, estaban todos durmiendo cuando un grupo de personas fuertemente armadas ingresaron de manera violenta al hogar, los pusieron contra la pared y comenzaron a preguntar por las actividades políticas de Juan José. Lo que siguió fue la detención de éste, así como también la de Blanca, Nilda que estaba embarazada y Francisco. Luego de vendarles los ojos y atarles las manos, las cuatro personas fueron subidas a dos vehículos separadamente y trasladados a la Jefatura de la Policía.

La mujer recuerda que a partir de ahí, absolutamente todo lo que recibió fue maltrato. En la Jefatura estuvo alrededor de dos semanas recibiendo torturas de las más hostiles que se pueden imaginar. Luego la llevaron al CCD en la ex Escuela de Educación Física –UNT- (hoy facultad) situada en el Parque 9 de julio, en donde percibió que había más gente en las mismas condiciones que ella. Durante la detención en este Centro Clandestino Detención, un día logró bajarse la venda y desde ahí la imagen que vio le quedó grabada en su memoria para siempre: estaban todas las paredes llenas de sangre.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Santiago Vicente volvió a casa en el relato de las mujeres de su familia

  • por Tina Gardella y Valeria Totongi para el Diario del Juicio
Santiago Omar Vicente
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Andrea y Elena Vicente, hija y hermana del militante montonero, y su esposa, Graciela Achin, reconstruyeron ante el tribunal la historia de Santiago.

Abrazada a la foto de su padre, Santiago Vicente, con una camperita que le prestaron a último momento para enfrentar el aire gélido de la sala del juzgado, con tonada santiagueña de ratos, tucumana de a otros, Andrea Vicente contó ante el Tribunal Oral Federal cómo fueron sus primeros años como hija de un desaparecido y de una presa política, su infancia en la cárcel de Villa Urquiza, donde cumplió dos años mientras su mamá, Graciela Achin, estaba presa “legalizada” y donde vivían con su hermana Viviana, que en ese entonces era bebé.

"Pasaron 40 años de mucho dolor y desesperanza, pero, -pese al horror y a los intentos de la desmemoria- la verdad sale a la luz: lo que le pasó a mi papá y a mi familia, le pasó a todo un país. No es cuestión de opiniones o de versiones: hay un país que quedó devastado, y los responsables tienen que estar en la cárcel".

A la historia familiar la fue armando de a pedacitos, en base a los relatos de su madre, Graciela, que también estuvo secuestrada y encontró a Santiago en su recorrido por distintos centros clandestinos de detención de la provincia, de sus abuelas y de otros familiares.

Andrea tenía un año y medio cuando secuestraron a Santiago, en febrero de 1976, en San Miguel de Tucumán, de la pensión de Crisóstomo Alvarez al 100, donde vivía su suegra. “Mi abuela contaba que lo vio por última vez cuando fue de visita y salió a comprar milhojas para acompañar el mate. Llevaba ropa nueva, que le había regalado mi mami. Incluso, lo cargaban porque andaba ‘muy pituco’. Cuando no volvió a la noche, creyó que se había ido a su casa, en el campo, sin avisar, pero eso era raro en él”, relató.

La esperanza, esa emoción insumergible, persistió siempre. “Hasta que recibí la noticia de que habían encontrado sus restos, en el Pozo de Vargas, siempre lo esperé. Suena ilógico, pero era así, pensaba que quizá hubiera perdido la memoria y que un día volvería”, afirmó Graciela, que había brindado testimonio momentos antes, contó que vio a Santiago con una camisa que ella le había regalado para Navidad, en un lugar de detención ilegal. “Era una camisa con dibujo de pajaritos”, y sonrió ante el recuerdo.


martes, 29 de noviembre de 2016

“Mi historia, lo que estoy contando, me sorprende”

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S.


Narraciones sobre narraciones. De esa manera se construyen las historias que escuchamos. Pero hay una sola cosa que no tiene más de un relato, es la verdad. Jesús González no está. Margarita Costilla y Roberto Villagra no están. Y no están porque han sido desaparecidos por orden de un gobierno. El viernes 18 de noviembre, declararon ante el Tribunal Oral Federal los familiares de las víctimas recién nombradas en el marco del denominado Operativo Independencia.

Con respecto a la desaparición de Jesús Ángel González, declararon: Angélica Argemina González y José Domingo González, sus hermanos.

Angélica es una mujer de muchos años que dice no recordar muchas cosas, como ser fechas o historias. Pero asegura que, a pesar de su derrame cerebral, no olvida los horribles hechos que concluyeron con el secuestro de su hermano Jesús Ángel.

La familia González vivía en León Rougés (Monteros) y tenían una casa prefabricada con tres habitaciones. Luego de las jornadas laborales en el Ingenio Santa Rosa, Jesús volvía a su hogar en donde lo esperaba su pareja y demás parientes. En enero del año 1976, el sueño de la familia fue interrumpido en el horario de las 2 am: un grupo de militares había saltado una tapia e ingresado a la vivienda por la fuerza. Derribaron la puerta del dormitorio de Jesús y a sus hermanos los tiraron boca abajo en la cama, mientras les apuntaban con armas.

lunes, 28 de noviembre de 2016

“¿… en el mar… en el cielo… donde está mi viejo?”

  • por Hugo Hernán Díaz para el Diario del Juicio
10 de los 18 imputados en éste juicio, el del centro de pulover blanco es Miguel Angel Moreno ex jefe de la Comisaría de León Rougues
PH Elena Nicolay


Testimonios correspondientes a la familia Fernández, por el secuestro y desaparición de Juan Domingo Fernández,  y de Luis Eduardo Lonzalle por el fusilamiento de los hermanos Poli en pleno patio del Hospital Padilla.

En el inicio de la mañana pasó al estrado María Isabel Martínez, esposa del desaparecido Juan Domingo Fernández. El matrimonio vivía en León Rouges junto a su, por ese entonces, única hija de 5 años.

Humilde y tímida, María comenzó relatando que a su marido se lo llevaron de su casa un 21 de enero de 1976. “Pele”, como le decían sus amigos, no tenía ningún tipo de militancia política, y trabajaba en el Ingenio Santa Rosa. Con la voz resquebrajada recuerda la  mujer que para ese entonces se encontraban durmiendo cuando un grupo armado ingreso violentamente a la vivienda. Sacaron  a Juan Domingo de la pieza a los golpes y lo llevaron a la cocina; ella estaba embarazada y tras apuntarle con una “arma larga” a la panza la tiraron en una cama junto a su hija. A Fernández se lo llevan en una camioneta que tenía una inscripción de Bienestar Social afirma con seguridad la mujer, y deja caer las primeras lagrimas de la fría mañana. Desde ese entonces nada supo de su marido, “caminé, caminé... y todo fue en vano”.

Esa noche también secuestraron a Jesús González, vecino del lugar. Y sería justamente con los familiares esta víctima con quien María realizó incansables gestiones en diferentes lugares y organismos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

"Estoy aquí en nombre de mi hermano, de mis padres que hoy no están y de todos los familiares, todos"

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
José Blas Vega - detenido-desaparecido el 2 de diciembre de 1975
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Faltando poco para cumplirse los 41 años de la desaparición de José Blas Vega, sus hermanas Marta Josefina del Valle Vega Martínez y Mercedes del Carmen Vega Martínez testificaron ante el Tribunal Oral Federal con tres semanas de diferencia, el 23 de octubre y 18 de noviembre respectivamente. En esta ocasión, los dos relatos serán unidos en uno solo.

Marta tiene 66 años de edad. Habla como alguien que leyó mucho, con gran diversidad de sinónimos, cuenta historias que derivan en otras historias y hace conexiones infinitas que conducen a un solo propósito y un solo discurso: memoria, verdad, justicia. No se mueve mucho, no hace tantos gestos, no son tan importantes porque sus palabras tienen demasiada fuerza.

Mercedes tiene actualmente 61 años, es socióloga, habla con una precisión y seguridad que parecen imposibles de quebrantar. No olvida ninguno de los detalles de la noche del horror. Está sentada con la espalda firme, y cuando parece que el dolor explota en sus palabras, sólo aprieta la mano de su acompañante, quizás para recordarse a sí misma que no está sola.

Ambas recuerdan a su hermano con el amor que los hermanos saben, que los que luchan y aman saben.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Testigos = Víctimas

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


Gabriel Fernando y Claudia María Costilla prestaron testimonio el jueves 17 en relación al secuestro y desaparición de su padre. Ambos eran pequeñxs en aquel entonces, pero su recuerdo se escucha sólidamente a medida que sus relatos se entrelazan y se fortalecen uno al otro.

Su padre, también llamado Gabriel Fernando, era mecánico en el taller ferroviario de Tafí Viejo. La noche de su secuestro sus hijxs escucharon como golpeaban la puerta hasta derribarla. Gabriel, de pocos años en ese entonces, pudo ver a su madre embarazada ser golpeada en el suelo por uno de los hombres que ingresaron esa noche. “Esa noche no sólo se llevaron a mi padre sino también a mi hermana, que era muy chica en ese momento. Después la dejaron en la casa de mi abuela”.

Su hermana contará su propia versión de la historia, momentos después. “Fue en el año 76. Yo tenía 5 años en ese momento. Mi padre era mecánico en el taller ferroviario, un obrero y militante de la Juventud Peronista. El 21 de enero de ese año entraron a la fuerza a mi casa, vi como la golpeaban a mi madre en el suelo”. La testigo se detiene. La sala entera se detiene. Ella está llorando, consolada solo por la psicóloga que la acompaña y quizás por un leve anhelo de que esta vez se haga justicia. “Me dieron una bolsa de caramelos para que no llorara. Se llevaron todo de la casa, hasta ladrillos, porque estábamos construyendo, y muñecas mías”. Claudia se detiene de nuevo.

Lxs hermanos tienen (o no tienen) un árbol familiar difícil de explicar. Gabriel le relata al tribunal “A mi tía Alicia la secuestraron en febrero, junto con su marido, mi tía estaba embarazada. A mi abuelo Marcos también se lo llevaron. Mi padrino, Vega, también desaparecido. Todos están desaparecidos. A mi papá lo encontraron hace dos años en el Pozo de Vargas. El cuerpo de mi abuelo también fue identificado allí un poco antes”.

Claudia María se esfuerza, se contiene e intenta terminar su historia “A mi papá creo que lo subieron a una camioneta, a mi me pusieron en un Jeep. Estuvimos así un tiempo hasta que escuche un disparo. Después me dejaron en la casa de mis abuelos”. Aquí se termina su relato pero no su historia. No pudo terminar de contar los detalles, ni aportar más a la causa. Claudia debió retirarse del recinto porque no podía continuar. Fue demasiado para ella. Su padre, su abuelo, sus tíos. Llora por todxs ellxs, por ella misma. Llora porque los represores duermen en sus sillas, ni siquiera escuchan a lxs testigos. Llora porque el 22 de enero de 1976, alguno de esos imputados habrá regresado a su casa feliz de llevar una muñeca de regalo para su hijx.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Opciones limitadas: entre la sartén y la pared

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


¿Por qué se lxs llevaron? La pregunta primera que toda persona se hace respecto a un/a desaparecidx. La incógnita que nunca hay que dejar de intentar responder, ni dejar de interpelar. Las respuestas pueden surgir de los lugares más inesperados, y una sucesión de palabras pronunciadas hace 40 años llegan a disparar una idea reflejada en la historia de Hugo Ricardo Corbalán. Su hermana, Evelia Ángela Corbalán testificó el jueves 17 de noviembre en la causa por los crímenes cometidos contra su persona.


La señora Corbalán está sentada frente al jurado, describiendo la figura de un hombre vestido con una chaqueta de explorador, un sombrero del mismo estilo y un pañuelo. Este hombre tiene una linterna en la mano, con la cual hace señas al grupo que se encontraba con él dentro de la habitación de la testigo en plena noche y le dice que se quede tranquila. El hombre y este grupo armado irrumpieron en la casa de la familia Corbalán sin permiso ni orden judicial que justifique su presencia en plena noche. Estas personas estaban secuestrando al hermano de la testigo, y, como de pasada, robando elementos de valor en la casa.

martes, 22 de noviembre de 2016

La hija del zurdito

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


María Eugenia Rosales declaró el jueves 17 de noviembre por la mañana ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán. Fue convocada por la Fiscalía para prestar testimonio en relación a la causa en la cual su padre fue víctima, el caso número 206 contenido en este juicio para ser un poco más preciso.

María Eugenia Rosales cuenta su vida previa al secuestro de su padre, el secuestro, los meses posteriores a la desaparición del mismo y el resto de su vida en presencia del vacío que dejó su padre, y en ausencia del cariño de aquellxs quien le dieron la espalda a ella y su hermana por ser “las hijas del zurdito”. Su relato se ordena de manera diacrónica, de manera que el tiempo de su testimonio es distinto al tiempo de la historia.



La testigo comienza por el nudo de la cuestión: “Mi padre era Francisco Próspero Rosales. Mi padre era dirigente sindicalista de la carne y fue secuestrado de mi casa el 29 de noviembre de 1975”. Un microcuento en sí mismo.

Eugenia contará posteriormente la crianza que su padre les dio a ella y su hermana. Cultivadas en un ambiente muy crítico, rodeadas de lecturas y una constante incentivación de la imaginación. La víctima tenía un supermercado en su propia casa, de donde fue secuestrado, otro negocio que era atendido por un empleado y también una característica camioneta roja en la que se movilizaba con su mercadería por Tafí Viejo, de donde era oriundo.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Un acto de justicia, un acto de amor

  • por Elena Nicolay para el Diario del Juicio
El Tuerto Albornoz y sus defensores oficiales ante la puntillosa declaración de Imelda Nader
PH Elena Nicolay


La audiencia del jueves 17 empezó puntual. Alrededor de las 9:40 Andrés Jaroslavsky, desde Londres, se preparaba para dar inicio a la teleconferencia que lo comunicaría directamente con el Tribunal Oral Federal de Tucumán. Durante la mañana, tanto las declaraciones de Andrés como las de su hermano Pablo y su madre Imelda Inés Nader, aportarían datos sobre el secuestro de su padre y esposo Máximo Eduardo Jaroslavsky.
Al comenzar su declaración, Andrés nos cuenta la vida de su papá. Máximo era el mayor de tres hermanos. En la ciudad de La Plata se recibió de médico cardiólogo. En esa época militaba en una agrupación estudiantil, Palabra Obrera. Más tarde viajaría a Tucumán y sería padre de dos hijos. Máximo era médico cardiólogo.  Trabajaba en el Centro de Salud y en un Instituto Cardiológico del cual era uno de los socios. Durante la noche hacia visitas domiciliarias.
A Máximo lo secuestraron el 19 de noviembre de 1975. Una semana antes de su secuestro, había viajado a Buenos Aires. En Tucumán ya se desplegaba todo el accionar represivo a cargo de Acdel Vilas, bajos los decretos presidenciales que dieron lugar al Operativo Independencia. Vecinos se habían comunicado con su esposa Imelda para decirle que militares lo estaban buscando. A pesar de la advertencia, Máximo decide volver. Dos días después, al salir de un encuentro con un amigo en el Hotel Italia, lo secuestran camino a su casa (en su automóvil, que también está desaparecido).

jueves, 17 de noviembre de 2016

Histórico: se realizó una inspección al ex Ingenio Lules, en donde varios testigos lo reconocieron como antiguo Centro Clandestino de Detención

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
Ex Ingenio Lules, ex Centro Clandestino de Detención
PH Elena Nicolay


El día viernes 11 de noviembre, en el marco del Juicio por delitos de lesa humanidad denominado Operativo Independencia, se realizó una visita domiciliaria a la víctima Orlando Suárez, que por problemas de salud no puede asistir al TOF (Tribunal Oral Federal) para prestar declaración sobre los hechos que lo perjudicaron en el año 1975. Seguidamente, se procedió a hacer una inspección ocular en el Ex Ingenio Lules, en donde 4 testigos señalaron los espacios físicos que fueron tomados por los militares así como las áreas prestadas para el secuestro de personas.

El testimonio de Suárez fue recogido en su vivienda en la ciudad de Lules. A pesar de la lluvia, alrededor de 30 personas (jueces, fiscales, querellas y periodistas) se encontraban presentes para escuchar al testigo, que habló alrededor de una 1 hora. Este se encontraba sentado al frente de una pequeña mesa en su garaje, en donde habían dispuestas 7 sillas aproximadamente, a las que accedieron los jueces y algunos abogados.

Cuenta Orlando Suárez que en el año 1975 residía en la localidad de San Pablo, estaba recién casado y esperaba su primer hijo. Trabaja en el ex Ingenio Lules, en el cual se había instalado una base militar. El testigo relató que por aquellos años “había una nube densa” en el pueblo porque pasaban cosas raras todo el tiempo. La comunicación de los empleados estaba controlada y también se les examinaba periódicamente los documentos. Se apuntaba principalmente contra los sindicalistas que en ese momento estaban en plena lucha debido al pago atrasado de los salarios. Además, el jefe del personal, se ocupaba de señalar personas y pasar información a los militares.

martes, 15 de noviembre de 2016

Verdugo que suelto estás

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Franco Vera


271 víctimas. 18 imputados.
El testimonio de Estela del Valle Gómez se suma a los numerosos relatos que en estos meses han tenido lugar en la Megacausa Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.

Es viernes 4 de noviembre de 2016, Estela del Valle entra a la sala del Tribunal Oral Federal (TOF), se sienta y con mucha sencillez pero total desenvoltura comienza a describir la historia de los hechos que para mediados de enero de 1976, cambiaron por completo la vida de su familia.

En aquella época, los Gómez vivían en la Banda del Río Salí. La familia estaba conformada por Miguel Ángel Gómez, su esposa Victoria López, y los 4 hijos de la pareja que tenían 14, 13, 9 y 7 años de edad. La mayor de 14 años era Estela del Valle, y el de 13 años sufría una discapacidad mental.

A Miguel Ángel le decían ”Canaro” y era el sustento económico de su familia gracias a su trabajo en el Ingenio Concepción como alimentador de calderas. Canaro era también gremialista, lo que determinó que entre el 13 y 16 de enero de 1976, fuera salvajemente golpeado en su propio domicilio, en frente de su esposa e hijos, y finalmente trasladado hacia lugares que son inciertos hasta la fecha, para no volver nunca más.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Cicatrices internas y más

  • por Hugo Hernán Diaz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Año 1975. César Oscar Sosa, jornalero, vivía en la casa paterna junto a sus padres y hermanos. La misma se situaba en Los Sosa, perteneciente al departamento de Monteros, al sudoeste de la provincia de Tucumán.

“Me duele… a esto no me lo voy a olvidar hasta el fin de mi vida…” Ésta es la forma que escoge, que le sale, que le nace a César Oscar Sosa para comenzar el relato en torno a los hechos que perjudicaron de forma directa a él, a su hermano Pedro Daniel Sosa y a su familia. Fue una madrugada del 14 de Noviembre de 1975 cuando ingresaron a su casa un grupo de militares en forma violenta, golpeando a su madre, hermanas y rompiendo todo aquello que esté a su alcance. Ante la injusta situación Pedro Daniel (17), séptimo hijo varón de la familia, reaccionó y empujo al militar que estaba atacando a su madre. Frente a esto, otro de los hombres de verde que había ingresado a la casa de la familia Sosa le disparó al “flaco”, y se lo llevaron junto a César Oscar a la base militar que había en Monteros.

Contó el testigo del día que les pusieron una bolsa de la cabeza a la cintura y los subieron a una camioneta, y que cuando la madre de los jóvenes intento detener el accionar de los uniformados, estos le respondieron al grito de “No queremos matar viejas”.

viernes, 11 de noviembre de 2016

No es fácil romper un corazon

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
El imputado Ramón César Jodar - Policía de Tafí Viejo
PH Jorme Olmos Sgrosso


El Nene, el Turco, Víctor Roberto Zaín. Nombres de una misma persona cuya sola mención basta para despertar la memoria de las personas en Tafí Viejo. Militante y sindicalista. Un hombre que dedicó su tiempo a conseguir alimentos para las escuelas de su ciudad cuando el país atravesaba su momento más tenso. Peronista. Ingresó al Tribunal Oral Federal el 3 de noviembre para relatar los hechos de los que el mismo fue víctima. Apoyado en su bastón y rengueando ligeramente. Nada extraño aparentemente para alguien de su edad. Su pie se apoya tambaleante mientras camina hasta la silla donde se sienta frente a los jueces.

La fiscal Julia Vitar le pide que relate su historia. Reflexiona y pide permiso al Juez Casas para relatar el contexto, su pasado y su situación antes de la noche en que fue secuestrado de su casa. El juez le contesta que sí se relaciona con los hechos que se están juzgando que lo haga. “Sí señor juez, es pertinente. Necesito explicar todo lo que estaba sucediendo en el país para que se entienda lo que me pasó a mí”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

“Yo era un militante más del pueblo”: los casos de Fermín Ángel y Pascual Ignacio Núñez

  • por Ana Melnik para el Diario del Juicio 
PH Elena Nicolay


“Yo era un militante…”, así define Pascual Ignacio su vida hacia el 75, y dice que era uno “más”, porque la participación social y política fue un sesgo distintivo, extensivo a toda una generación. La privación injusta de la libertad, por largos años, fue uno de los mecanismos que las fuerzas de seguridad y de la justicia, encontraron para disciplinar a toda esta generación de jóvenes. La supresión de toda forma de militancia social y política, jóvenes pasivos, silenciados y aterrorizados por la persecución y la desaparición, fue el objetivo alcanzado por los responsables intelectuales y materiales del Operativo. En las historias de los sobrevivientes, como la de los hermanos Núñez, se puede ver la efectividad de una justicia corrupta y cómplice, puesta a disposición de la deshumanización y del encubrimiento de los crímenes de lesa humanidad.

Pascual Ignacio declaró por el secuestro y la detención ilegal de la que fue víctima su hermano, Fermín. Pero el testimonio de estos hechos se entrecruza con el de su propio secuestro.

En  1975, Fermín tenía 22 años. Trabajaba para la planta pasteurizadora Cootam (en avenida Mate de Luna al 2.700) y vivía junto a su pareja y sus dos hijas. Había sido militante de la Juventud Comunista, y para ese entonces formaba parte del ERP.