miércoles, 22 de febrero de 2017

Reflexiones de un hombre pequeñito

Por Marcos Escobar para El Diario del Juicio
La historia de Maurice Jeger y su compañera Olga Cristina González merece un capítulo aparte en la reconstrucción de la memoria y de la verdad respecto al accionar represivo llevado a cabo por las fuerzas represivas durante el Operativo Independencia. Quizás todos las historias merecen un capítulo aparte. Cada rostro, cada nombre y cada foto apoyada contra un asiento en el Tribunal Oral Federal merece que nos detengamos.
Este relato en particular pone en primera plana el particular talento tucumano para encontrar (crear) coincidencias entre personas, relacionando gente y entremezclando vidas de maneras insólitas.
PH Elena Nicolay
Maurice llegó a la Argentina con 13 años, a fines de 1951. Su familia, de origen francés, escapaba de la miseria dejada en Europa, y de la tristeza de los familiares perdidos. La familia Jeger había sobrevivido a la Shoah, solo gracias a una serie de circunstancias afortunados. Por lo que decidieron emigrar a nuestro país, atraídxs por las hermanas de la madre, quienes ya se habían establecido algunos años antes.    
El primero de los hijos de Maurice, Pablo, relata con prodigiosa memoria los recuerdos que tenía de su padre, las averiguaciones que hizo después y una descomunal cantidad de datos reunidos después de años de investigación y militancia.
Su testimonio da cuenta la adolescencia de Maurice en Buenos Aires, y su posterior traslado a Tucumán, donde desarrolló varias profesiones. Estudio francés y ejerció como profesor, principalmente en la Alianza Francesa, donde también fue bibliotecario.
Su verdadera pasión y profesión fue la de ser librero, según su hijo. Tuvo durante algunos años una librería llamada “Best Seller”, junto a dos amigos. Luego tuvo otro local de venta de libros y discos en el edificio de La Gaceta. Diario para el cual cumplía la función de corrector de pruebas. Fue un amante de la literatura y de la música, reconocido en el ambiente de la cultura tucumana. Gran amigo de Eduardo Giambastiani, secuestrado un par de meses antes y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención (CCD) la Escuelita de Famaillá. “Giamba” se exilió en Francia y pudo declarar en este juicio, en una de las audiencias llevadas a cabo el año pasado.
Su compañera, Cristina, tenía 26 años, era estudiante de psicología y se turnaba junto con Maurice para atender el local en el edificio de La Gaceta. Vivían juntos en un departamento sobre la calle General Paz 1013, ella cursaba su cuarto mes de embarazo.
La pareja fue arrastrada fuera de su casa por la fuerza la madrugada del 8 de julio de 1975 y llevados en un Torino de color claro. Los detalles de su secuestro pudieron conocerse gracias a Jorge de la Cruz Agüero, un estudiante del Instituto Técnico quien casualmente vivía al frente y logró observar el suceso escondido entre unos arbustos, antes de ser encontrado y obligado a entrar en su casa, siendo previamente golpeado por los efectivos de la policía. Jorge desaparecería al año siguiente, dejando huérfana a su hija, Natalia Ariñez, histórica militante de la agrupación H.I.J.O.S Tucumán. También ella testificó el año pasado en este juicio por la causa de su padre.
El recorrido de Cristina y Maurice es incierto. Fue reconstruido en un principio por las averiguaciones que llevó a adelante la ex pareja de Maurice, Graciela Rosa del Valle González, madre de Pablo e Iván e histórica militante de Madres de Plaza de Mayo. Sara Raduski, gran amiga de Jeger, investigó por su cuenta y pudo confirmar que este seguía vivo hasta octubre de 1975.
Otro aporte importante es el de Horacio Méndez Carrera, abogado encargado por familiares de desaparecidxs con nacionalidad francesa, quien pudo aportar gran cantidad de información. En 1984 se presentó ante la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), agrupación en la cual Pablo milita actualmente. De esta manera pudo saberse que un fotógrafo del diario La Gaceta, de apellido Font, reconoció a la pareja y aseguró haberlos visto en el interior de la comisaría de Famaillá. Font se encontraba en la ciudad subido a un árbol, cubriendo los festejos de carnaval cuando pudo distinguirlos en el interior del edificio, que se encuentra frente a la plaza principal.
La desaparición de Maurice y Cristina causó gran conmoción en el ámbito de lxs trabajadorxs de prensa. Sus compañerxs de La Gaceta organizaron una comisión, la cual comenzó solicitando una reunión con el General Vilas, encargado del Operativo para aquella fecha. Roberto Juan García, periodista de ese diario, también dio su testimonio. Recuerda haber formado parte de la comisión, la cual publicó solicitadas, denunciando el el caso. Sumó su apoyo también la Asociación de Prensa de Tucumán (APT)  y el Círculo de Prensa. La presión finalmente logró que Vilas accediera a la reunión, pero durante la misma no mostró ninguna señal de reconocer el nombre del desaparecido. A propósito de esta lucha conjunta, se llamó a testificar al actual secretario general de la APT, Oscar Gigena, quien ratificó el reclamo en nombre del gremio. “La política del gremio es seguir la memoria viva de los compañeros desaparecidos. Nos interesa que se esclarezca esta desaparición. Hemos sufrido pinchaduras de teléfono, filtración de información, pero nuestro compromiso sigue firme”
Iván Jeger, el hijo menor, presentó ante el tribunal una carta escrita por su madre en el año 1984, dirigida al abogado Horacio Méndez Carrera, en la cual relata detalladamente los sucesos que vivió después del secuestro de Maurice.
En ella se cuenta principalmente la visita de un conscripto, quien no se identificó, a la casa su madre. El joven aseguraba conocer a Jeger de la Alianza Francesa y le confesó a Graciela haber visto a Maurice en la Escuelita de Famaillá, que se encontraba deshidratado y vomitaba sangre. El conscripto afirmaba haber visto allí a Vilas y a dos hombres más, uno de apellido Abba, posiblemente haciendo referencia a José Roberto Abba, actualmente imputado en la causa, acusado como partícipe y autor material de los delitos cometidos en perjuicio de 2 víctimas y del delito de asociación ilícita, y Capitán del Ejército para esa fecha, designado como Auxiliar en la sección jurídica. El otro hombre era oriundo de la provincia de Catamarca y su apellido era “Pino” o “del Pino”, según el soldado “éste ocupaba una posición de poder en el CCD, él decidía sobre la vida y la muerte de las víctimas, era un hombre particularmente cruel, quien usaba el nombre de guerra Miguelito”. Su nombre, su procedencia y su alias coinciden con la persona de José Enrique del Pino, actualmente imputado, y quien para 1975 tenía el rango de Teniente primero del Ejército, cumpliendo funciones en el Destacamento de Inteligencia 142 de Tucumán. Este destacamento tenía a su cargo las tareas de inteligencia del CCD La Escuelita de Famaillá. Es acusado como cómplice primario por 126 casos de privación ilegítima de la libertad con apremios y/o vejaciones, 124 casos de aplicación agravada de torturas, 6 casos de delitos sexuales y 40 casos de homicidios triplemente agravados. Todo ello en concurso real con la comisión como autor material del delito de asociación ilícita.
Iván Jeger, hijo menor de Maurice, fue el último testigo de la audiencia del jueves 16 de febrero. Se mostró orgullosos de su militancia, siendo parte de la agrupación H.I.J.OS casi desde su fundación. Agradeció a sus compañerxs y terminó recitando un poema que su padre escribió poco tiempo antes de desaparecer:

“Tengo miedo de la muerte y del sepulturero.
Quisiera quedarme sobre la tierra
y no bajo tierra.
Siento el humus.
Ya no puedo caminar.
Qué misterio todo eso.
Hay que terminar brillantemente”

Solo agregó una última palabra. “Justicia”.

martes, 21 de febrero de 2017

La importancia de la construcción y el compañerismo

Por Andrea Romero
Ph Elena Nicolay
El jueves 16 de febrero de 2017 en el Tribunal Oral Federal de Tucumán, la audiencia reanudó a las 15.30 hs luego del cuarto intermedio, en dicha oportunidad dieron testimonio Orlando René Nieva, Oscar Armando Gigena, Roberto Juan García y, en último lugar, Iván Alexis Jeger. Todos ellos, al igual que Pablo Jeger, fueron citados a declarar por la causa del trabajador de prensa, escritor y librero, Maurice Jeger su compañera Olga Cristina González.
El primero en entrar al recinto fue Orlando René Nieva, quien se desempeñó como periodista y formó parte de la Asociación de Prensa de Tucumán, gremio que llevó adelante la denuncia por la desaparición de Maurice Jeger y Eduardo Ramos en el año 2.001.
Luego del testimonio de Nieva, ingresó a la sala Oscar Armando Gigena, periodista y actual secretario general de la Asociación de Prensa de Tucumán. Gigena también fue uno de los integrantes del gremio que impulsó la denuncia por la desaparición de los “periodistas”. En el relato que expuso ante el tribunal explicó que tuvo conocimiento de forma indirecta de la desaparición de Jeger. Además contó que todos los 7 de junio el gremio conmemora a ambos desaparecidos y destacó que como sindicato les interesa que se esclarezcan las desapariciones por las que vienen pregonando ya que su la función del mismo es bregar por la información como un bien social.
Roberto Juan García de 83 años fue el tercero en declarar. Él es periodista y fue profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, actualmente jubilado. Roberto se relacionó con Maurice en La Gaceta y en la Facultad de Filosofía y Letras, donde además conoció a la compañera de Jeger, Olga Cristina González. En su relato ante el tribunal dijo que Jeger era un compañero genial y que tiempo después se enteró de su desaparición. Esto motivó  a que en la redacción de La Gaceta se formara una comisión para entrevistar a Vilas, jefe de las fuerzas conjuntas militares, para averiguar sobre lo sucedido con Maurice y exigirle garantías para los periodistas que trabajaban allí. Una vez planteada la inquietud a Vilas no obtuvieron respuestas, esta situación motivó a la comisión a sacar un editorial en donde criticaban y reclamaban ante la fuerza militar sobre la desaparición de Jeger, pero tampoco hubo respuesta alguna.
El último en dar testimonio fue Iván Alexis Jeger, hijo menor de Maurice, quien tenía un año y medio al momento de la desaparición de su padre. Iván le explicó al tribunal que su testimonio es producto de la construcción que hizo durante años junto a amigos y familiares de Maurice y Olga, quien fuera la pareja de su papá al momento del secuestro.
La construcción a la que hizo referencia en varios momentos de su testimonio y en la que puso especial énfasis, fue gracias a la militancia que tuvo en la agrupación HIJOS - Tucumán y a los compañeros que formaban parte de la agrupación, aclaró. Entre esos compañeros recordó a Natalia Ariñez y Marianella Triunfetti, quienes fallecieron en un accidente automovilístico cuando volvían de una jornada en la Escuelita de Famaillá, lugar en el que fueron vistos Maurice y su compañera Cristina.

Al finalizar el testimonio pidió “cárcel común, perpetua y efectiva” para los genocidas, así como dice el cántico que acompaña cada marcha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.  Como cierre leyó un poema que escribió su papá, “Reflexiones de un Hombrecito”, pidió “JUSTICIA” y se abrazó fuertemente con su hermano, Pablo Jeger. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Los hermanos Romero

Por Exequiel Arias
Las primeras voces que se alzaron frente al tribunal en la mañana del jueves 16 de febrero fueron las de los hermanos Carlos Héctor y Víctor Hugo Romero, a quienes el terrorismo de Estado les arrebató su hermano adolescente durante el Operativo Independencia.
Marzo del ‘76
Carlos Héctor Romero - Ph Elena Nicolay
Rolando Agustín Romero tenía 16 años, trabajaba con su padre en la construcción y, según sus hermanos, “no tenía actividad política alguna”. El secuestro de Rolando se produjo una madrugada de marzo de 1976, mientras Carlos Héctor se encontraba de guardia en el cuartel de policía, donde se desempeñaba como oficial. El benjamín de los hermanos, Víctor Hugo, recordó que la familia dormía cuando escuchó un fuerte golpe que lo despertó, al cual no le dio demasiada importancia. Somnoliento, intentó volver a dormir, pero una sensación fría en la parte posterior de su cuello lo alarmó. A los pocos segundos, se encontraba boca abajo y con la culata de una pistola en la nuca mientras sus captores, un grupo de hombres encapuchados, apresaban al resto de la familia en medio de gritos e insultos. “Éste es”, clamó una voz en la habitación contigua, determinando a su vez el fin de la rápida intromisión nocturna. “Se lo llevaron así como estaba”, contó Víctor Hugo, refiriéndose a que lo metieron en un vehículo en calzoncillos y con la cabeza tapada. El menor de los Romero aclaró a la Fiscalía que los captores no exhibieron ninguna orden de arresto o allanamiento durante el operativo. El testigo también recordó que en esa noche se produjeron otras detenciones en el barrio, entre ellas la de Marta Robles de López, y que uno de sus hermanos persiguió en bicicleta los vehículos de los intrusos hasta llegar a una jefatura, donde éstos habían sido estacionados.

Sobre las gestiones que se hicieron para encontrar a Rolando, ambos hermanos relataron que la madre, Manuela Mónica Sotelo, fue la encargada de hacer la mayoría de las averiguaciones. Ella lo buscó en hospitales, comisarías, preguntó a jueces e incluso presentó un habeas corpus. Todas estas acciones no tuvieron respuesta alguna. “Olvídense”, fue una de las contestaciones que recibieron de un jefe de la Brigada, cuyo nombre Víctor Hugo no logra recordar. Por su parte, Carlos Héctor averiguó entre sus colegas policías sobre el paradero de su hermano. En el año 75 y con sólo 19 años, Carlos Héctor había ingresado a trabajar en la Guardia de Infantería, participó junto a Luciano García en un arresto y conoció “de lejos” a  Roberto Heriberto “El Tuerto” Albornoz. Sin embargo, confesó que sus averiguaciones no fueron muchas por miedo a represalias. “Cuando uno pregunta mucho ya lo miran de otra manera”, dijo. Recordó, además, que en una oportunidad Mario Albino Zimmerman, el entonces jefe de policía de la provincia -que falleció en 2010 mientras era procesado en la megacausa “Arsenales II-Jefatura II”- lo mandó a llamar a su despacho para interrogarlo. “Me preguntó qué hacía, y me preguntó si sabía lo que hacía mi hermano”. A pesar de las distintas acciones que se iniciaron para encontrar a Rolando, Víctor Hugo comentó que nunca más dieron con su paradero y expresó la angustia que la situación dejó en la familia, sobre todo en sus padres. “Eso fue lo peor, ver a mi padre y madre llorar y esperar toda la noche por si aparecía mi hermano. Fue un horror”.

martes, 14 de febrero de 2017

“Yo te voy a decir donde está enterrado tu padre”

Por Fabiana Cruz 
Ph Elena Nicolay

El día 10 de febrero de 2017, Delina Ibáñez y sus hijas Gladys y Graciela Freijó, prestaron declaración por Videoconferencia desde la 1º Cámara Federal de Córdoba, sobre los hechos que perjudicaron a Héctor Manuel Freijó, en el marco del denominado Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.
La familia Freijó, por el año 1976, estaba constituida por Héctor Freijó, su esposa Delina Ibáñez y los cuatro hijos de la pareja (todos menores de edad). Vivían en la localidad de Monteros.
El hombre que era periodista y director de su propio diario, llamado “Claridad”, se había embarcado en una investigación riesgosa acerca de un robo en una cooperativa que señalaba como culpables a Enrique Atay (tesorero de la cooperativa) y Miguel Ángel Moreno, en ese momento Jefe de la Comisaría de León Rougués, Monteros y actual imputado por delitos de lesa humanidad.
La familia poco sabía del tormento que estaba viviendo Héctor en aquella época. El hombre recibía intimidaciones a causa de su investigación, pero no se lo había contado a ninguno de sus parientes.
En una noche del enero veraniego de 1976, la familia como de costumbre, cerró la puerta de entrada a medias (debido al calor), la trabaron con una silla y se fueron a dormir. Entre las 3 y 4 am del 18 de enero, un conjunto de hombres pateó la puerta e ingresó con el objetivo de llevarse consigo a Héctor.
- ¡Freijó, Marengo quiere hablar con vos!- enunciaron los hombres.
Domingo Marengo era un teniente amigo de Héctor, “o por lo menos eso era lo que parecía, ¿no?” relató Gladys a los jueces.
- ¡No entren que estoy armado!- soltó Freijó.
- ¡Entregate o te matamos!- fue la respuesta.
Todo parecía una película. Estaba la vivienda en plena oscuridad, la familia entera despierta y completamente asustada por los ruidos que ocasionaron los sujetos. Delina pedía que por favor que no le hicieran nada su esposo “¡por los chicos, por los chicos!”, suplicaba. Cuando se lo llevaron detenido a Héctor, en calzoncillos, Delina intentó salir con ellos para ver hacia dónde se dirigían, pero uno de los sujetos le dio un culatazo y la obligó a ingresar nuevamente en la casa. En eso, la mujer pudo reconocer a Miguel Ángel Moreno, uno de los responsables del robo en la cooperativa, según la investigación de Freijó.
Todo lo sucedido fue presenciado por los hijos del matrimonio quienes tenían entre 16 y 2 años
Inmediatamente la familia realizó la denuncia, y al otro día apareció en el domicilio de los Freijó un militar de apellido Tolaba, que también era amigo de la víctima. El hombre le comentó a Delina que Héctor había recibido amenazas antes del secuestro, entonces la mujer decidió informarle acerca de la investigación que éste llevaba a cabo, para explicarle cuáles eran los posibles motivos del secuestro y las amenazas. El militar le pidió los libros que contenían todos los documentos de la investigación del periodista y se los llevó. Cuando se fue, Delina revisó el pantalón que su marido tenía la noche antes del secuestro y encontró dos papeles anónimos, la mujer dijo que se encontraban en el bolsillo trasero, doblados y envueltos en un pañuelo. Uno de los anónimos le decía a Freijó que debía dejar de hablar con los militares o le iban a tirar una bomba, en el otro le daban 15 días para que se fuera de Tucumán, de lo contrario lo secuestraban.
Delina se dio cuenta de que aquellos anónimos habían sido escritos en la Comisaría de Monteros, ya que la máquina de allí tenía un defecto de tipeo que caracterizaba sus textos, los cuales se evidenciaban en los anónimos.
Gladys Freijó, la segunda hija del matrimonio, relató desde la provincia de Córdoba que desde chica siempre admiró a su padre. “Mi papá era la proyección que me hubiera gustado seguir”…“Lo escuchaba hablar y decía ‘cómo me gustaría, el día que sea grande, poder desempeñarme como él, con esa soltura, esa sapiencia’. A mí me parecía que él hablaba tan bien… y hablaba raro. Tenía términos que yo no tenía idea qué eran. Entonces como yo quería ser como él, escuchaba sus conversaciones. Cuando él decía una palabra rara, yo la anotaba y después buscaba en el diccionario para memorizármela”.
Aquélla admiración por su padre y la costumbre de escuchar las conversaciones que compartía con cualquiera, le permitió prestar atención al diálogo que éste mantuvo con el militar Domingo Marengo dos días antes de su secuestro. Marengo recurría frecuentemente a la casa de Héctor porque eran ‘amigos’, recuerda Gladys.  Días antes su papá había recibido a una de sus clientas en casa, la mujer era madre de dos chicos de apellido Sosa que habían sido secuestrados. Esta señora le pedía ayuda a Freijó, ya que él tenía amigos militares. Luego, en la reunión que Freijó concertó con Marengo, le comentó sobre la visita de la mujer para saber qué había sucedido realmente con los Sosa. El militar le respondió que los muchachos habían ganado unas apuestas a sus vecinos en un juego de naipes; entonces éstos que perdieron, se enojaron tanto que llamaron a la policía denunciando que los jóvenes eran unos subversivos, y de esa manera fueron detenidos. Detrás de la puerta, Gladys escuchó cómo  Marengo le confesaba a su padre que a uno de los militares se le había ‘escapado’ un tiro. La mujer no recuerda bien la conversación, pero entendió que alguien había muerto. Luego de que el teniente terminara su relato, escuchó cómo su papá se enojaba y le decía “¡pero hermano… entonces ustedes son unos asesinos! Mataron a una criatura, ¡puede ser un hijo tuyo o un hijo mío!”. Con sus 14 años, Gladys se asustó y se fue rápido temiendo que su padre abriera la puerta y la descubriera, por lo que no pudo escuchar más. Dos días después, Héctor Freijó era secuestrado.
Tiempo después de los hechos desafortunados, Gladys se cruzó en Monteros a un comisario de apellido Almirón, que también conocía a su padre, y éste se detuvo a conversar con ella. Luego de un par de palabras amigables le dijo: “Yo te voy a decir donde está enterrado tu padre”. Ahora todo cambiaba, después de mucho tiempo de no tener noticias, alguien confirmaba la muerte del periodista. Pero Almirón, no iba a darle gratis esa información. La hija de Freijó debía entregarle una suma de dinero que en ese momento no disponía. Entonces éste le dio un mes para que pudiera juntar el efectivo pero, al cabo de tres semanas,  Almirón falleció.
La esposa de Freijó, Delina, comenzó a participar de las marchas y reuniones que hacían los familiares de desaparecidos en la capital tucumana. Recuerda que las personas de Monteros iban todos juntos y también volvían acompañados. En las marchas, la policía los echaba de la plaza e inclusive un día los mantuvieron detenidos. ¿Por qué? Les preguntaban a estos. “Porque ustedes están en averiguaciones”, les respondían los uniformados. 
Las testigos concordaron en que era de público conocimiento la participación de Miguel Ángel Moreno en lo que refiere a las desapariciones de Monteros, “Él y Enrique Atay eran entregadores de personas, así como secuestradores y cómplices de la represión en el pueblo
Años después, la hija de Freijó, Gladys, se encontraba conversando junto a Mario Olea, un sujeto que era novio de su amiga, y cuando tocaron el tema de su padre, éste le dijo que tenía que hacerle una confesión. Mario le contó que él había estado en la colimba, custodiando a un militar, o algo parecido, y que un día un hombre le sujetó el brazo y le dijo:
-¿Te acordás de mí?
- Cómo no me voy a acordar de la persona que por primera vez me enseñó a usar un guante.
La persona era Freijó. Además de su labor de periodista, sabía enseñar boxeo. En ese encuentro le había pedido a Olea que le avisara a su familia que él iba a salir, no sabía cuándo, pero iba a salir.

Han pasado 41 años y hasta el día de hoy, Héctor Manuel Freijó continúa desaparecido.

viernes, 10 de febrero de 2017

Para vos

Aquí vamos. Acercando cada uno los pedacitos en los que quedamos. A ver si entre todos podemos rearmar este espacio. Rearmarlo y rearmarnos. Siempre supimos que eras inmensa, te lo dijimos de miles de maneras. Y ahora nos tenemos que hacer cargo de la inmensidad que quedó en nuestras manos. No sabemos cómo seguir. Vamos empezando a caminar pasito a pasito. Como aprendiendo de nuevo, porque nos cuesta mucho caminar sin vos. Sabemos que tenemos que recuperar la alegría. Y defenderla. Pero sabemos también que no nos vamos a despedir de esta tristeza. Que tenemos que abrazarla y saberla nuestra. Tampoco sabemos cómo lo vamos a hacer, pero lo vamos a hacer.
Cómo no recordar tu sonrisa. Tu sonrisa y sobre todo tu risa. Esa risa desparpajada que podía llenar los rincones más oscuros. Que retumbaba en las paredes. Y que ahí se quedó, retumbando en todas las paredes que te escucharon. Cómo sacarse de la cabeza tu voz. La socarrona y divertida. La profunda y reflexiva. Los matices de tu voz fueron los más ricos y variados que escuchamos; porque nadie, como vos, le supo dar, con tanta precisión, el tiempo a las palabras para que sonasen como debían sonar. Tu palabra. Esa palabra que cuando salía de tu boca se metía por los oídos de quienes escuchaban e iban abriendo cabezas y terminaban, ineludiblemente, clavada en los corazones. Tus gestos. Porque cuando hablabas, toda vos hablaba. Tus manos, tus hombros. Cada músculo de tu cara. Tus ojos.
Aquí estamos tratando de rearmar este espacio al que le diste tanto. Tenemos que volver a entrar a esa sala donde te vimos abrazar la imagen de tu papá, orgullosa de él y de vos. Donde nos mostraste que se podía defender la alegría en medio del peor de los horrores. Donde te escuchamos hacer justicia. Porque nos quedó claro que no fuiste a pedirla. Porque nada fue más parecido a la justicia que escucharte a vos diciendo: “Inoportuno vuelve hoy, en mí, por justicia”. Y ese abrazo inabarcable con ‘la Silvia’, madre tuya, y un poco, madre de todos. La que tuvo la subversiva costumbre de reglarte “infinitamente más libros que muñecas”.

Te seguiremos llorando. Pero también nos reiremos de tus chistes negros. Nos vamos a reír cada vez que imaginemos qué hubieras dicho en estas o aquellas circunstancias. Nos seguiremos acordando de los abrazos largos y apretados. De los pedidos a gritos del ‘porrón al hielo’. De tu costumbre de decirnos por el nombre completo cuando te hacías la enojada (o te enojabas en serio). Estamos empezando a entender que la tristeza nos va acompañar siempre pero vamos a reaprender a reírnos a carcajadas cuando te pensamos. Vamos a rearmarnos y a rearmar los espacios por los que vos luchaste. Vamos a seguir adelante porque si hay algo que todos los que estamos en este lugar sabemos, es que ninguno fue el mismo después de conocerte.

lunes, 26 de diciembre de 2016

NATALIA, SIEMPRE PRESENTE

(Por Ana Melnik)
Natalia Ariñez, nuestra Nati, nuestra compañera Nati, no está ya con nosotros.
La ausencia de Nati es una certeza dolorosa, la confirmación cotidiana de algo que no deja de ser irreal. Porque estoy escribiendo la nota para este Diario que nunca imagine escribir, y porque hablar de ella en pasado contradice asombrosamente su forma de estar presente, ahora mismo.
Nati es presencia que trasciende cada día que pasa.
Fue una de las gestoras e impulsoras de este proyecto de comunicación colectiva. Este Diario del Juicio, que nació como un espacio de socialización de los juicios orales por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar- y ahora Operativo Independencia-, que tuvo su inicio en el 2012, con la Megacausa Arsenales II-Jefatura II.
Natalia fue una de las editoras de este Diario, junto a Carolina Frangoulis, y administradora de este Blog.
En estos momentos, cuando la recuerdo, pienso en nuestra tarea compartida, en una Nati presente en las audiencias del juicio, semana a semana, mes a mes. Infaltable, fuente de tanto conocimiento, de tanta sabiduría construida a fuerza y dicha de tanta perseverancia militante, de tanto sostener esta lucha. Nati twitteando desde la “pecera”, en cada audiencia, breves misivas sobre el testimonio de las víctimas del genocidio más cruento de nuestra historia, de este Tucumán pasado, tan negado y tan presente. Nati sacando el juicio del recinto, nada menos. Porque precisamente es esta la necesaria causa que sostiene este proyecto, construir memoria a partir de un pasado reciente que vive en los relatos y en la memoria de todxs lxs sobrevivientes, de sus familiares y amigxs, de sus compañerxs de lucha y de militancia. Porque el silencio impuesto, autoimpuesto, nunca pudo cristalizarse en olvido, porque nunca fue suficiente para negar la deshumanización que quisieron perpetrar los genocidas y sus cómplices.
Nati escuchaba con gran atención cada declaración, con esa mirada tan abarcadora, profunda, firme, tan de ella (porque cuando Nati te miraba, te miraba). Y pienso en todo lo que compartimos, transitamos y presenciamos en este juicio. Silencios tan dolorosos, tan largos, silencios de 41 años, los estragos y las tristezas de la negación, de la ausencia, de la experiencia vivida nunca compartida, narrada, nunca denunciada. Y también la denuncia, la palabra que grita por decir, firme, la autoafirmación, sanadora, reparadora, de forzar los silencios, de transformar, de haber transformado, el dolor y las ausencias en lucha, en militancia, en búsqueda de justicia.
La imagen de Nati es la de la fortaleza, la del sostén para construir colectivamente la fuerza para transitar los duelos. Porque en ella aprendí que los dolores individuales se transforman cuando son compartidos. Pues sí existe un camino, buscado y sostenido, distinto al de la soledad, para construir encuentros. Porque las ausencias se tornan presencia viva cuando la memoria es una bandera. Porque Jorge, su papá, es presencia. Porque su lucha tan larga es la de todo un colectivo, de un movimiento, de quienes integramos este espacio y que nos reconocemos profundamente en Nati. Y porque compartirse como ella lo hizo es un poco vivir a contracorriente, enfrentando tendencias idiosincráticas, negacionismos históricos, individualismos y confiando en todo lo que genera sumar y encontrarse con otrxs.
Nati compañera, y también -para mí y en gran medida- maestra. Tantos proyectos truncos. Tanta tristeza, por el anhelo de todo lo que no llegamos a compartir. Nunca fue tan difícil y tan necesario continuar. Estás en nosotrxs, para siempre, en aprendizajes vitales. Faltás porque estuviste tanto, desbordando con tu poner el cuerpo a la militancia. Estás en tus palabras claras, en el recuerdo de tu forma tan linda de decir, de pronunciarte. Estás en la alegría que sostiene la lucha y la memoria. Porque fuiste y siempre serás así…

Claro que no somos una pompa fúnebre, a pesar de todas las lágrimas tragadas estamos con la alegría de construir lo nuevo y gozamos del día, de la noche y hasta del cansancio y recogemos risa en el viento alto.
…porque estamos construidos de una gran esperanza, de un gran optimismo que nos lleva alcanzados y andamos la victoria colgándonos del cuello, sonando su cencerro cada vez más sonoro y sabemos que nada puede pasar que nos detenga porque somos semillas y habitación de una sonrisa íntima que explotará ya pronto…
(G. Belli)

viernes, 9 de diciembre de 2016

La esperanza del regreso a casa...

  • por Hugo Hernán Díaz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Lucía del Carmen Astorga, ex vecina de la ciudad de Tafí Viejo brindó testimonio vía teleconferencia desde Rosario el viernes 2 de septiembre, aproximadamente a las 9:45 horas. La misma fue citada a declarar por los hechos que perjudicaran a su hermano mayor, Juan María Astorga.

Juan para el año 1975 estaba casado con Alicia Isabel Pérez y tenían una hija en común, Verónica Paola Astorga.

Antes de que el matrimonio se casara ambos trabajaban en una fábrica de plástico en Tafí Viejo, sin embargo consumada la unión fueron despedidos a causa de que Alicia era una de las sindicalistas más importantes de aquel lugar. Juan continúo su vida laboral en la policía de Tafí Viejo.

Fue una noche del 75 cuando ingresaron a la casa de la familia un grupo de uniformados de verde, buscaban a Gabriel Costilla (cuñado de Alicia, quien antes vivía en esa casa). Al no dar con su paradero finalmente se llevarían el arma reglamentaria de Juan María.

martes, 6 de diciembre de 2016

Noche de luna llena

  • por Andrea Romero para el Diario del Juicio
Homenaje a desaparecidos en los Talleres de Tafí Viejo
PH Carolina Frangoulis


El día jueves 24 de noviembre de 2016 en horas de la tarde declararon por la causa de Segundo Bonifacio Arias sus hijos Teresa, Silvio y Pedro; y su esposa Élida Lorenza Fernández de Arias.

Segundo Bonifacio trabajaba en los ferrocarriles taficeños, de oficio carpintero tenía como hobby poner música en fiestas. El taficeño también conocido como Flecha, Boni o Cabezón, militaba en la Juventud Peronista en aquellos años y fue candidato a concejal suplente por la Lista Verde, en una de las elecciones. Boni fue secuestrado el 14 de febrero de 1976 de su casa en Tafí Viejo en donde se encontraba durmiendo junto a su familia conformada por su esposa y sus cinco hijos, quienes tenían 15, 14, 12, 8 y 1 año en aquel momento.

Entra a la sala con la frente en alto mirando a los procesados, lleva en sus manos un sobre de madera, una imagen religiosa, la última muñequita que le regaló su papá, y la foto de él colgada en el pecho. Ella es Élida Teresa Arias, una de las hijas de Boni quien fue la primera en brindar testimonio sobre el secuestro de su papá. Una vez sentada frente al tribunal realiza los juramentos que forman parte del protocolo judicial y comienza su relato. Teresa tiene grabada en su memoria el recuerdo de que fue una noche de luna llena en la que habían disfrutado un asado en familia unas horas antes del secuestro de su papá. Esa noche se acostó temprano y en medio de la noche su hermano la despertó para decirle que acababan de llevar a su padre.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Los desaparecidos que se buscan con el color de sus nacimientos

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S Tucumán


“Esta es la verdad, no tengo porqué mentir. Es bastante el sufrimiento que pasé y que paso… porque estoy sola en el mundo” Blanca Estela García.

Blanca tiene 76 años y es una testigo sobreviviente de las atrocidades cometidas por la represión en el marco del Operativo Independencia ordenado por María Estela Martínez de Perón. A la fecha del 25 de noviembre de 2016, relató ante el TOF (Tribunal Oral Federal) los hechos que la perjudicaron junto a su hermano Juan José García “Tito”, la esposa de éste Nilda Zelarayán y Francisco Oscar Herrera que por aquel entonces era su pareja.

Corría el verano en el año 1976, el 17 de febrero de aquél año se encontraban en la casa de la calle Libertad al 200: Blanca, Juan José, la madre ambos, Nilda, una pequeña de 11 años y Francisco. En horarios de la madrugada, estaban todos durmiendo cuando un grupo de personas fuertemente armadas ingresaron de manera violenta al hogar, los pusieron contra la pared y comenzaron a preguntar por las actividades políticas de Juan José. Lo que siguió fue la detención de éste, así como también la de Blanca, Nilda que estaba embarazada y Francisco. Luego de vendarles los ojos y atarles las manos, las cuatro personas fueron subidas a dos vehículos separadamente y trasladados a la Jefatura de la Policía.

La mujer recuerda que a partir de ahí, absolutamente todo lo que recibió fue maltrato. En la Jefatura estuvo alrededor de dos semanas recibiendo torturas de las más hostiles que se pueden imaginar. Luego la llevaron al CCD en la ex Escuela de Educación Física –UNT- (hoy facultad) situada en el Parque 9 de julio, en donde percibió que había más gente en las mismas condiciones que ella. Durante la detención en este Centro Clandestino Detención, un día logró bajarse la venda y desde ahí la imagen que vio le quedó grabada en su memoria para siempre: estaban todas las paredes llenas de sangre.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Santiago Vicente volvió a casa en el relato de las mujeres de su familia

  • por Tina Gardella y Valeria Totongi para el Diario del Juicio
Santiago Omar Vicente
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Andrea y Elena Vicente, hija y hermana del militante montonero, y su esposa, Graciela Achin, reconstruyeron ante el tribunal la historia de Santiago.

Abrazada a la foto de su padre, Santiago Vicente, con una camperita que le prestaron a último momento para enfrentar el aire gélido de la sala del juzgado, con tonada santiagueña de ratos, tucumana de a otros, Andrea Vicente contó ante el Tribunal Oral Federal cómo fueron sus primeros años como hija de un desaparecido y de una presa política, su infancia en la cárcel de Villa Urquiza, donde cumplió dos años mientras su mamá, Graciela Achin, estaba presa “legalizada” y donde vivían con su hermana Viviana, que en ese entonces era bebé.

"Pasaron 40 años de mucho dolor y desesperanza, pero, -pese al horror y a los intentos de la desmemoria- la verdad sale a la luz: lo que le pasó a mi papá y a mi familia, le pasó a todo un país. No es cuestión de opiniones o de versiones: hay un país que quedó devastado, y los responsables tienen que estar en la cárcel".

A la historia familiar la fue armando de a pedacitos, en base a los relatos de su madre, Graciela, que también estuvo secuestrada y encontró a Santiago en su recorrido por distintos centros clandestinos de detención de la provincia, de sus abuelas y de otros familiares.

Andrea tenía un año y medio cuando secuestraron a Santiago, en febrero de 1976, en San Miguel de Tucumán, de la pensión de Crisóstomo Alvarez al 100, donde vivía su suegra. “Mi abuela contaba que lo vio por última vez cuando fue de visita y salió a comprar milhojas para acompañar el mate. Llevaba ropa nueva, que le había regalado mi mami. Incluso, lo cargaban porque andaba ‘muy pituco’. Cuando no volvió a la noche, creyó que se había ido a su casa, en el campo, sin avisar, pero eso era raro en él”, relató.

La esperanza, esa emoción insumergible, persistió siempre. “Hasta que recibí la noticia de que habían encontrado sus restos, en el Pozo de Vargas, siempre lo esperé. Suena ilógico, pero era así, pensaba que quizá hubiera perdido la memoria y que un día volvería”, afirmó Graciela, que había brindado testimonio momentos antes, contó que vio a Santiago con una camisa que ella le había regalado para Navidad, en un lugar de detención ilegal. “Era una camisa con dibujo de pajaritos”, y sonrió ante el recuerdo.


martes, 29 de noviembre de 2016

“Mi historia, lo que estoy contando, me sorprende”

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S.


Narraciones sobre narraciones. De esa manera se construyen las historias que escuchamos. Pero hay una sola cosa que no tiene más de un relato, es la verdad. Jesús González no está. Margarita Costilla y Roberto Villagra no están. Y no están porque han sido desaparecidos por orden de un gobierno. El viernes 18 de noviembre, declararon ante el Tribunal Oral Federal los familiares de las víctimas recién nombradas en el marco del denominado Operativo Independencia.

Con respecto a la desaparición de Jesús Ángel González, declararon: Angélica Argemina González y José Domingo González, sus hermanos.

Angélica es una mujer de muchos años que dice no recordar muchas cosas, como ser fechas o historias. Pero asegura que, a pesar de su derrame cerebral, no olvida los horribles hechos que concluyeron con el secuestro de su hermano Jesús Ángel.

La familia González vivía en León Rougés (Monteros) y tenían una casa prefabricada con tres habitaciones. Luego de las jornadas laborales en el Ingenio Santa Rosa, Jesús volvía a su hogar en donde lo esperaba su pareja y demás parientes. En enero del año 1976, el sueño de la familia fue interrumpido en el horario de las 2 am: un grupo de militares había saltado una tapia e ingresado a la vivienda por la fuerza. Derribaron la puerta del dormitorio de Jesús y a sus hermanos los tiraron boca abajo en la cama, mientras les apuntaban con armas.

lunes, 28 de noviembre de 2016

“¿… en el mar… en el cielo… donde está mi viejo?”

  • por Hugo Hernán Díaz para el Diario del Juicio
10 de los 18 imputados en éste juicio, el del centro de pulover blanco es Miguel Angel Moreno ex jefe de la Comisaría de León Rougues
PH Elena Nicolay


Testimonios correspondientes a la familia Fernández, por el secuestro y desaparición de Juan Domingo Fernández,  y de Luis Eduardo Lonzalle por el fusilamiento de los hermanos Poli en pleno patio del Hospital Padilla.

En el inicio de la mañana pasó al estrado María Isabel Martínez, esposa del desaparecido Juan Domingo Fernández. El matrimonio vivía en León Rouges junto a su, por ese entonces, única hija de 5 años.

Humilde y tímida, María comenzó relatando que a su marido se lo llevaron de su casa un 21 de enero de 1976. “Pele”, como le decían sus amigos, no tenía ningún tipo de militancia política, y trabajaba en el Ingenio Santa Rosa. Con la voz resquebrajada recuerda la  mujer que para ese entonces se encontraban durmiendo cuando un grupo armado ingreso violentamente a la vivienda. Sacaron  a Juan Domingo de la pieza a los golpes y lo llevaron a la cocina; ella estaba embarazada y tras apuntarle con una “arma larga” a la panza la tiraron en una cama junto a su hija. A Fernández se lo llevan en una camioneta que tenía una inscripción de Bienestar Social afirma con seguridad la mujer, y deja caer las primeras lagrimas de la fría mañana. Desde ese entonces nada supo de su marido, “caminé, caminé... y todo fue en vano”.

Esa noche también secuestraron a Jesús González, vecino del lugar. Y sería justamente con los familiares esta víctima con quien María realizó incansables gestiones en diferentes lugares y organismos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

"Estoy aquí en nombre de mi hermano, de mis padres que hoy no están y de todos los familiares, todos"

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
José Blas Vega - detenido-desaparecido el 2 de diciembre de 1975
PH Archivo H.I.J.O.S. Tucumán


Faltando poco para cumplirse los 41 años de la desaparición de José Blas Vega, sus hermanas Marta Josefina del Valle Vega Martínez y Mercedes del Carmen Vega Martínez testificaron ante el Tribunal Oral Federal con tres semanas de diferencia, el 23 de octubre y 18 de noviembre respectivamente. En esta ocasión, los dos relatos serán unidos en uno solo.

Marta tiene 66 años de edad. Habla como alguien que leyó mucho, con gran diversidad de sinónimos, cuenta historias que derivan en otras historias y hace conexiones infinitas que conducen a un solo propósito y un solo discurso: memoria, verdad, justicia. No se mueve mucho, no hace tantos gestos, no son tan importantes porque sus palabras tienen demasiada fuerza.

Mercedes tiene actualmente 61 años, es socióloga, habla con una precisión y seguridad que parecen imposibles de quebrantar. No olvida ninguno de los detalles de la noche del horror. Está sentada con la espalda firme, y cuando parece que el dolor explota en sus palabras, sólo aprieta la mano de su acompañante, quizás para recordarse a sí misma que no está sola.

Ambas recuerdan a su hermano con el amor que los hermanos saben, que los que luchan y aman saben.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Testigos = Víctimas

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


Gabriel Fernando y Claudia María Costilla prestaron testimonio el jueves 17 en relación al secuestro y desaparición de su padre. Ambos eran pequeñxs en aquel entonces, pero su recuerdo se escucha sólidamente a medida que sus relatos se entrelazan y se fortalecen uno al otro.

Su padre, también llamado Gabriel Fernando, era mecánico en el taller ferroviario de Tafí Viejo. La noche de su secuestro sus hijxs escucharon como golpeaban la puerta hasta derribarla. Gabriel, de pocos años en ese entonces, pudo ver a su madre embarazada ser golpeada en el suelo por uno de los hombres que ingresaron esa noche. “Esa noche no sólo se llevaron a mi padre sino también a mi hermana, que era muy chica en ese momento. Después la dejaron en la casa de mi abuela”.

Su hermana contará su propia versión de la historia, momentos después. “Fue en el año 76. Yo tenía 5 años en ese momento. Mi padre era mecánico en el taller ferroviario, un obrero y militante de la Juventud Peronista. El 21 de enero de ese año entraron a la fuerza a mi casa, vi como la golpeaban a mi madre en el suelo”. La testigo se detiene. La sala entera se detiene. Ella está llorando, consolada solo por la psicóloga que la acompaña y quizás por un leve anhelo de que esta vez se haga justicia. “Me dieron una bolsa de caramelos para que no llorara. Se llevaron todo de la casa, hasta ladrillos, porque estábamos construyendo, y muñecas mías”. Claudia se detiene de nuevo.

Lxs hermanos tienen (o no tienen) un árbol familiar difícil de explicar. Gabriel le relata al tribunal “A mi tía Alicia la secuestraron en febrero, junto con su marido, mi tía estaba embarazada. A mi abuelo Marcos también se lo llevaron. Mi padrino, Vega, también desaparecido. Todos están desaparecidos. A mi papá lo encontraron hace dos años en el Pozo de Vargas. El cuerpo de mi abuelo también fue identificado allí un poco antes”.

Claudia María se esfuerza, se contiene e intenta terminar su historia “A mi papá creo que lo subieron a una camioneta, a mi me pusieron en un Jeep. Estuvimos así un tiempo hasta que escuche un disparo. Después me dejaron en la casa de mis abuelos”. Aquí se termina su relato pero no su historia. No pudo terminar de contar los detalles, ni aportar más a la causa. Claudia debió retirarse del recinto porque no podía continuar. Fue demasiado para ella. Su padre, su abuelo, sus tíos. Llora por todxs ellxs, por ella misma. Llora porque los represores duermen en sus sillas, ni siquiera escuchan a lxs testigos. Llora porque el 22 de enero de 1976, alguno de esos imputados habrá regresado a su casa feliz de llevar una muñeca de regalo para su hijx.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Opciones limitadas: entre la sartén y la pared

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


¿Por qué se lxs llevaron? La pregunta primera que toda persona se hace respecto a un/a desaparecidx. La incógnita que nunca hay que dejar de intentar responder, ni dejar de interpelar. Las respuestas pueden surgir de los lugares más inesperados, y una sucesión de palabras pronunciadas hace 40 años llegan a disparar una idea reflejada en la historia de Hugo Ricardo Corbalán. Su hermana, Evelia Ángela Corbalán testificó el jueves 17 de noviembre en la causa por los crímenes cometidos contra su persona.


La señora Corbalán está sentada frente al jurado, describiendo la figura de un hombre vestido con una chaqueta de explorador, un sombrero del mismo estilo y un pañuelo. Este hombre tiene una linterna en la mano, con la cual hace señas al grupo que se encontraba con él dentro de la habitación de la testigo en plena noche y le dice que se quede tranquila. El hombre y este grupo armado irrumpieron en la casa de la familia Corbalán sin permiso ni orden judicial que justifique su presencia en plena noche. Estas personas estaban secuestrando al hermano de la testigo, y, como de pasada, robando elementos de valor en la casa.